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Si la historia profana ve la Iglesia como una realidad sociológica hecha de hombres, ligados a modalidades concretas y comprometidos en todo un condicionamiento de tiempos y lugares, el fiel no puede contentarse con yuxtaponer a esta visión completamente exterior una afirmación de trascendencia. No hay más que una Iglesia. El fiel sabe que tiene principios internos verdaderamente divinos y que es la misma Iglesia cuyo todo misterio consiste, justamente, en esta conjunción de lo divino y lo humano. No hay más que una Iglesia, y por tanto un solo sentido adecuado a la palabra. La Iglesia es la comunidad de los hombres en que descansan y actúan las energías divinas comunicadas por Jesucristo, el Hijo encarnado, con vistas a hacer comulgar a estos hombres en el seno del Padre, por la acción, en ellos, de las energías de Jesucristo presentes en medio de ellos en su Espíritu, sus sacramentos y su palabra, cuyo ministerio está confiado al cuerpo apostólico.
Si se toma en su sentido concreto, pero adecuado, la Iglesia es a la vez santa y llena de pecado, indefectible y falible, perfecta y sujeta a múltiples imperfecciones históricas. Lo que en ella es de Jesucristo, es sano y sin defecto; lo que en ella procede de la libertad humana, es defectible. Pero una y otra dimensión pertenecen al cuerpo concreto que es la Iglesia. En este cuerpo concreto hay una dimensión divina y otra humana. La divina es verdaderamente interior a la Iglesia, y constituye el conjunto de sus principios formales; pero la suerte humana, con su flaqueza inherente, es también interior a la Iglesia. Así, la Iglesia se halla sin flaqueza y sin pecado en sus principios internos, pero la materia humana que entra en su estructura concreta es falible, e introduce en ella el pecado, sin por esto mancillarla. Porque los pecados y las limitaciones de los hombres que hay en ella siguen siendo de estos hombres, aun cuando ejerzan funciones jerárquicas, y aun cuando pequen en este mismo ejercicio. Yves M. J. Congar |