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La Iglesia significaba "lo que más repugnaba a mis opiniones y a mis gustos": así describe Paul Claudel su estado de ánimo antes de lo que él llama la revelación inefable que iluminó sus ojos, y su vida entera, al traspasar, un día de Navidad, las puertas de la catedral de París. "El gran libro que se me abrió era la Iglesia. Sea por siempre alabada continúa el poeta converso esta grande y majestuosa Madre en cuyas rodillas he aprendido todo. Todos los domingos los pasaba en Notre-Dame, y entre semana iba lo más a menudo posible. Entonces yo era tan ignorante de mi religión como se lo pueda ser del budismo, y sin embargo, el drama sagrado se desplegaba delante de mis ojos con una magnificencia que superaba toda mi posible imaginación". |
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El testimonio de Claudel, que indudablemente rebosa cariño por su Santa Madre Iglesia, es ante todo prueba inequívoca de la verdad encontrada. Como aquel ¡Esto es la verdad! con que Edith Stein, la judía conversa carmelita, mártir en Auschwitz y co-Patrona de Europa, santa Teresa Benedicta de la Cruz, ratificaba su lectura del Libro de la vida de santa Teresa de Jesús. No se trata, a la hora de reconocer a la Iglesia como el hogar en el que la vida de los hombres encuentra su sentido y su descanso, de una reacción sentimental. Se trata del reconocimento de aquello que corresponde a la exigencia más honda y verdadera de todo corazón humano. Ciertamente, no es posible una vida digna del hombre más que en familia, como en estas mismas páginas recordábamos la semana pasada, y por ello el Concilio Vaticano II, para definirla, consagró esa bella expresión de Iglesia doméstica. Del mismo modo que la Iglesia es llamada con toda verdad la familia de Dios.
"Yo soy hijo de hombre y de mujer, según me han dicho confiesa el ateo Lautréamont; eso me extraña..., creía ser más". Efectivamente así es. Lautréamont, y todos los seres humanos, somos más, infinitamente más. Este más que reclama el corazón de todo hombre, que constituye el núcleo mismo de la naturaleza humana, creada a imagen y semejanza de Dios, lo hemos recibido de la Iglesia, que en el Bautismo nos ha engendrado a la Vida y a la Libertad, con mayúsculas. Éstas, fuera de la Iglesia, no pueden por menos que ser extrañas. Bien lo sabía el gran escritor francés George Bernanos, cuando preguntándole qué haría si le echaran de la Iglesia replicó: Suplicaría que me dejaran al menos un rinconcito, porque sin ella no podría ni respirar. Celebramos el Día de la Iglesia diocesana, y nos tomamos en serio sostenerla económicamente, apoyarla y servirla con toda el alma, justamente, porque en ella podemos respirar, porque en ella vivimos la fe como recuerda el lema de la Jornada de este año, que es el secreto de la vida verdadera, porque ella constituye la verdad más profunda de nuestra vida. Se trata, pues, de celebrar lo que somos: ¡somos Iglesia!; es decir, asamblea, lazos, como titulamos en nuestra portada, que nos unen a todos los bautizados dándonos esa vida y libertad para las que hemos sido creados. Fuera de esta unidad, que es la esencia misma de la Iglesia, no podemos ser nosotros mismos. ¡Sé tú mismo!; ¡Vive tu vida! es la llamada que por todas partes hace la cultura dominante en el mundo, pero que no puede cumplirse desde el individualismo y la independencia con que la predica. Sólo la experiencia de esos lazos con que Cristo nos une, formando un solo Cuerpo con Él, nos permite ser realmente nosotros mismos: esa realidad concretísima que se llama Iglesia diocesana, la familia presidida por un sucesor de los Apóstoles, en comunión con la única Iglesia universal, y que es ese inmenso rinconcito, que abraza cielo y tierra, donde vivir y ser libres a la medida sin medida que reclama nuestro corazón. |