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Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, y descubren auténticas maravillas superferolíticas en métodos y artilugios anticonceptivos y contra la vida. ¿Y saben lo que ocurre? Al descubrir tantos avances científicos, echan pestes sobre lo que hasta ahora se consideraba avance científico en ese terreno, y ahora le encuentran cantidad de fallos y problemas de los que, sorprendentemente, hasta ahora ignoraban. Son los virus del egoísmo de mercado, y el ántrax de la desvergüenza.¡Qué casualidad! La culpa es de los pobres. Leo en El País: "Los 49 países más pobres, hoy con 668 millones de habitantes, llegarán a 1.860 millones dentro de 50 años, pronostica el informe anual del Fondo de Población de la ONU". Y, más adelante: "El informe relaciona los problemas de población y el medio ambiente". La cantinela de siempre: los pobres sobran. O, mejor dicho, nos sobran. Claro, no es agradable verlos cada día llegar en pateras o buscar trabajo en nuestros países ricos. ¿No estará el problema, más bien, en las conciencias adormecidas, que no llegarán, ¡han llegado ya! a un número demasiado alto? Joel Fleischman era aquel médico neoyorkino que, en la serie Doctor en Alaska, suspiraba con nostalgia, en medio de la naturaleza helada, por volver a Nueva York. Era la ciudad del ruido, los coches, los Central Parks y el mestizaje cultural, los musicales de Broadway y las películas. La ciudad de Queens y de Harlem, de la Quinta Avenida Todo el mundo quería llegar a Nueva York, símbolo del sueño americano ¡He ahí la paradoja! Uno no sabe si esbozar una sonrisa melancólica o dar un grito de terror. Hoy Nueva York es símbolo del miedo, del humo, y del esfuerzo por vivir como en los años de gloria, aunque todos sepan, en el fondo, que nada volverá a ser como antes. El tercer avión estrellado en la ciudad, con el telón de fondo del 11 de septiembre, era la gota que colmaba el vaso del temor. Los neoyorquinos miran, asustados, al cielo. Quién sabe si en sus, cada vez más frecuentes, visitas a las iglesias no se preguntan si, del sueño americano, deben despertar a la verdad de las cosas. Tronaba este lunes Antonio Gala, desde su escueta columna de El Mundo, por el recién aprobado Plan Integral de Apoyo a la Familia. Le angustia quizá la cantidad de espacio que dejan los niños no existentes, que nos hacen estar, como él dice, "a la cola del mundo en nacimientos". No se entera de que la familia no es lo que era, no porque "el individuo triunfa y la especie humana se acostumbra", sino porque las mujeres han entrado en el mundo laboral y no quieren que su sueldo y el de su marido se transforme en el de la niñera; porque para adquirir una vivienda, mantener un empleo, pagar los impuestos y seguir siendo, según él, los patriarcas ya extinguidos, tienen que pensar en el número de su descendencia como si fueran El pensador de Rodin. Ya quisiera que las pesetillas, como él llama a las 50 medidas del Plan familiar propuesto, no sirvieran para la realización personal de tantos ¿individuos? que intentan formar y sacar adelante a su familia. Es una pena que haya lectores que se acostumbren a escritores que, aunque de clara pluma, hacen gala de oscuro borrador. Gonzalo de Berceo |