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Al reflexionar sobre la realidad de los hechos que han conmocionado al mundo, dentro de la interpretación de la Historia, muchos se habrán preguntado sobre lo irracional de su origen. Parece como si una fuerza ciega condicionara este tremendo suceso, que por su naturaleza parecería inconcebible. Ante él se revive aquel principio: Homo homini lupus, como si el hombre quisiera destruir al otro para su propio bien. Se ha utilizado la ferocidad de una pasión visceral, en forma de fanatismo, que nos parece satánico. Ante este hecho, algunos tendrán una visión de la historia del hombre totalmente irracional. Una primera consideración que nos debemos hacer, ante esta visión atomística de la Historia, es el origen de una filosofía de carácter negativo, que, al generar sólo pesimismo, suprime todo camino hacia valores absolutos y universales. Su resultado es una visión caótica del comportamiento del hombre y de la Historia. Es el mísero patrimonio de una interpretación del materialismo histórico. Desgraciadamente, parece que se consagra la evidencia de una irracionalidad triunfante, nacida del extravío mental de sus ejecutores y de aquellos que indujeron a la catástrofe del 11 de septiembre. Instrumentos ciegos al servicio del mal, cuyas consecuencias han sido tan obvias como penosas.Tan evidente realidad nos obliga a enfrentarnos valientemente con el origen profundo de sus causas. Pero al mismo tiempo nos obliga a que el coraje que debemos expresar para su estudio excluya todo sentimiento de reacción vengativa. Lo primero que habremos de hacer es superar este cenagal infame y ciego que está cubriendo la dignidad del hombre. Hay que reaccionar contra esta interpretación irracional de la Historia, que alimenta tanta mente enferma y débil. Debemos, contra tal análisis, afirmar la visión unitaria y trascendente de la Historia, en donde se encarnan valores e ideales espirituales, que desde hace más de cuatro siglos han quedado fuera de la circulación de un pensamiento no cristiano. La Historia no es una simple rotación de átomos hasta el infinito. El drama desencadenado el 11 de septiembre refleja la gran crisis espiritual que, generación tras generación, viene padeciendo la doliente Humanidad. |
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No seamos tentados por esa interpretación de la Historia de tipo pendular, en la racionalidad del devenir histórico, porque esta posición tampoco nos explica el gran misterio de los valores que justifican la vida del hombre. El triunfo de la razón tan encumbrada desde la Ilustración no es suficiente por sí sola para dar con la certeza de los valores universales sobre los que se asienta la realidad de la Historia. La legitimación de los juicios y descubrimientos científicos, que hoy nos asombran como experiencias universales, no nos dan la clave para descifrar lo que realmente somos ante la Historia y en la Historia. Reducirnos para su interpretación en el ámbito de la pura racionalidad, nos coloca en la pura temporalidad del acontecer histórico, en la rígida racionalidad del espíritu humano.
En la historia humana se dan contenidos, innegablemente, más poderosos que los puramente racionales, por mucha carga que en ellos pongamos. Una visión optimista sin más, que conlleve sólo el deseo de un indefinido espíritu universal, nos colocará en ese inefable y simplista ideal del perpetuo y sostenido progreso humano. El suceso que ha sumido al mundo en la perplejidad de un demoníaco terror nos ha demostrado todo lo contrario de ese banal optimismo del puro racionalismo. Se está negando, con esta trágica realidad, la verdad trascendente de la Creación. No podemos aceptar que los hechos, por trágicos y brutales que se manifiesten, les demos una simple interpretación racionalista. Los hombres, en cuyas manos están las tremendas decisiones responsables que han de adoptar, desde su poder, no pueden legitimarse sólo bajo la pura racionalidad de una actuación que califiquemos de histórica. La persona humana vive bajo elementales y esenciales exigencias que le afectan a la naturaleza de su bien, no para su destrucción y aniquilamiento. Todo lo que pueda oponerse a ese propósito es negativo y debe ser combatido. Por eso, relativizar la idea del bien y del mal condena al fracaso del hombre. Las consecuencias morales de una visión irracional o racional estricta de la vida y de la Historia desencadenan pavorosas y destructivas pasiones. Debemos ser claros en nuestras posiciones, ideas y convicciones. No podemos aceptar una visión universal de la Historia sin comprender en ella, de un lado, al hombre, del otro, a Dios. Desde nuestra débil y limitada individualidad personal, estamos insertados en lo universal, y utilizamos de la altísima dignidad de nuestra racionalidad para escoger el camino del bien o el del mal; desde nuestra naturaleza desfalleciente, aspiramos a la infinitud del Dios providente. Desde este convencimiento profundo, la Historia actúa como fin prevalente, donde Dios la ilumina con ráfagas reveladoras de su providente fin. Si entendemos esa sobrenaturaleza del hombre entenderemos su historia, aunque no podamos conocer cómo se eternizarán los resultados de la misma. El pensamiento cristiano nos permite dar respuesta al sentido y contenido de la Historia, porque nos injerta en un orden superior de creencias, que desde nuestra sencilla y limitada razón nos lo ha hecho percibir. Sólo un sentido sobrenatural de la Historia nos puede explicar el mundo y la Humanidad. Jaime Murillo Rubiera |