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El Director de un Centro Público de un barrio marginal de Madrid me dijo un día que él siempre da las gracias a los padres que tienen una familia estructurada y que funciona, porque, les explica sus hijos son instrumentos de equilibrio y buen ambiente para su clase y el colegio.
Yo iría más allá. Las familias que funcionan como tales son bienes de interés social. Son focos de estabilidad y de referencia en un mundo sin norte; aportan a la sociedad personas recias, equilibradas, de referencia, para las que la vida profesional, social, o de fe son una extensión natural de lo vivido en casa. Claro que el simple vínculo de sangre no crea familia. Los lazos familiares se crean y se fomentan. Las familias se construyen a base de mucha creatividad, de esfuerzo, sacrificio y renuncia, de innumerables dosis de generosidad, paciencia y alegría. Hacer familia es un trabajo constante de limar asperezas. Son horas y horas de compartir comidas, meriendas y cenas, de tertulias improvisadas en mitad de un pasillo, de celebraciones, de juegos, paseos y viajes, de llamadas de teléfono a hora y a deshora. También de compartir y acompañar en las horas negras de preocupación y sufrimiento. Pero hay algo más. Es difícil que lleguemos a percibir en su totalidad la paternidad de Dios si nuestra experiencia más inmediata con la paternidad y la maternidad no ha sido buena. El concepto de lo transcendente crece con nosotros de forma natural en el ámbito de nuestra familia. Es ella la que te enseña el verdadero significado de la vida. Y de lo que en ella se transmita va a depender el futuro de la Humanidad. Carla Díez de Rivera |