RetrocesoA&ONº 281/15-XI-2001SumarioDesde la feContinuar
Ha estallado la paz
Podemos decir, con certeza y con mucha alegría, que en la actualidad ya no hay esclavos ni siervos; las hogueras de la Edad Media se han apagado para siempre; la Inquisición ya no existe; el ser humano, en teoría, es libre, y así un largo etcétera; todo ello significa un paso gigante en el largo camino de la liberación del ser humano. Pero en este siglo XXI nos estamos encontrando con continuos actos violentos, tanto físicos, como verbales, o de forma psíquica. Y no es de extrañar, pues convivimos en un mundo donde se está avanzando técnicamente y, por otro lado, ya nos hemos acostumbrado a reforzar ventanas, levantar vallas y blindar puertas por la propia inseguridad. Y todos los actos donde concurra la violencia no deben hacernos perder de vista la parte de responsabilidad que incumbe a nuestra sociedad en su conjunto, al mundo de los adultos, y en especial a los estratos dirigentes.

Los que usan la violencia son el producto indirecto de la moral de nuestro tiempo. Antes de que los terroristas fuesen violentos, pongamos como ejemplo cercano, y se pusiesen a lanzar bombas en nombre de no sé qué, las productoras de cine, televisión y revistas ilustradas ya habían exaltado la violencia durante años. Sabemos que las películas de hoy en día, en su mayoría, son basura moral y contribuyen al clima de violencia e inseguridad, partiendo desde las mismas familias. Sálvese quien pueda, pero nuestra sociedad sólo se preocupa de acaparar y multiplicar riqueza, de emplear sus recursos en la fabricación de productos banales, de vender armamentos a aquellos que luego los dispondrán en contra de nosotros. Sabemos que nuestra sociedad en comunidad es difícil, porque nuestro lenguaje está cargado de amenazas y de violencia. Mientras en el mundo siga existiendo pobreza, miseria, incultura, diferencias sociales, o se piense al estilo talibán, con su radicalismo, la paz será casi imposible. Es hora de que descartemos la fuerza bruta para la solución de los problemas de nuestra sociedad. Jesucristo pedía a los hombres que amaran a sus enemigos, y por el amor rompía esa supremacía animal de la violencia.

Confío en la capacidad del ser humano y creo, por ello, que la paz es posible; sí, es posible cuando el ser humano viva en paz consigo mismo. Si no cambiamos, a nivel personal, nada cambiará. Y para ello nada mejor que escoger el campo del amor y la justicia, para así evitar que el mundo avance hacia su propia destrucción, porque de este modo todos seremos víctimas. Y los auténticos ejemplos de amor y de paz los podemos ver en las manos de la Beata Ángela de la Cruz cuidando a los pobres, o en Teresa de Calcuta alimentando al miserable, o en san Juan de Dios recogiendo enfermos y abandonados, o en san Juan Bosco dando instrucciones gratuitas a mozuelos callejeros. Sería intereante que todos reflexionáramos, con seriedad, si verdaderamente aplicamos nuestra fe a nuestra conducta diaria. Todos los días son buenos para obrar en el mundo conforme a la justicia y la caridad.

Alberto Álvarez Pérez