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A los humanos nos molesta que nos hablen de realidades que instintivamente rechazamos. Acostumbrados a manejarlo todo, las cosas que nos sobrepasan son como una bofetada a nuestra suficiencia. Así sucede con las cosas últimas, los Novísimos del viejo Catecismo. Pero resulta que la Biblia está salpicada toda ella de pasajes que aluden a ese tiempo final en que la salvación de Dios ( y su juicio para quienes no hayan vivido por sus sendas ni atendido a su Palabra) se manifieste definitivamente y haga realidad lo que, tanto para judíos como para cristianos, es la esperanza suprema: la resurrección de los muertos, la vida eterna junto a Dios.
La dificultad de estos pasajes radica fundamentalmente en el tipo de lenguaje que usan. Tienen la finalidad de exhortar al hombre a tomarse en serio la Palabra de Dios, a evitar el desastre de una condenación o de una venganza por parte del Señor. Y también la de consolar a Israel o a la Iglesia en un período de persecución, anunciando esa venida de Dios que será juicio y señal de victoria para los que se han mantenido fieles. Pero el lenguaje de estas exhortaciones apocalípticas es casi siempre simbólico, lleno de alusiones que nos resultan oscuras, y de imágenes muy del gusto oriental, pero que siempre han tenido un enorme poder de evocación: terremotos, signos en el cielo, eclipses, guerras, etc. Hay que saber distinguir, pues, las imágenes de tales representaciones del mensaje que tratan de inculcar. Sólo éste hace autoridad de revelación. La curiosidad malsana, sin embargo, de querer saber cómo sucederán aquellos días curiosidad por otra parte muy humana nos puede llevar a olvidar lo sabroso de la enseñanza que encierran: el tiempo final será ante todo tiempo de la victoria de Dios, de la consumación de su obra de salvación, a pesar del esfuerzo de Satán por arrancar al mundo de las manos de Dios. La esperanza emerge con fuerza, pues "si bien, desde un punto de vista humano, la potencia del mal muy a menudo parece estar por encima de la del bien, la tierna misericordia de Dios la supera infinitamente a los ojos de la fe" (Sínodo 2001: Mensaje Final). La diferencia entre los pasajes que en el Antiguo Testamento se refieren al fin de los tiempos y los del Nuevo está en que, para el judaísmo, ese fin sería la venida del Mesías, y para los cristianos, el fin de los tiempos se ha cumplido. Jesús ha traído ya la salvación y Satanás está vencido. En su obediencia hasta el muerte y en su resurrección tenemos los creyentes las primicias y la garantía de nuestra resurrección. Jesús ha dado la batalla decisiva con Satán en lugar nuestro. Pero en el tiempo que queda hasta el final, el Maligno hará su último esfuerzo por desarraigarnos de Jesús. Y tiene aliados. Pero no estamos solos: Él nos ha precedido en la lucha y está con nosotros. + Braulio Rodríguez Plaza |