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La teología habla de la Iglesia diocesana como icono y realización de la única Iglesia católica, que es, a imagen Trinitaria, Cuerpo de Cristo, y al mismo tiempo Pueblo de Dios que peregrina en una historia de Salvación, y Templo vivo de la presencia del Espíritu. El Vaticano II lo quiso subrayar con la expresión misterio de comunión para la misión. Lo que articula la Iglesia diocesana es el Espíritu, la Eucaristía y la Palabra, el obispo y su presbiterio, y toda la porción del Pueblo de Dios, o comunidad peregrinante en un contexto socio-cultural, con la vertebración y complementariedad de estados de vida, carismas, vocaciones, ministerios y funciones. |
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Si se me pide concretar aún más las notas que debe vivir y desarrollar una Iglesia diocesana, remitiría a lo expresado en el libro de los Hechos de los Apóstoles: es una Comunidad de comunidades, donde se escucha y se vive de la Palabra (2, 42), en comunión profunda con Dios y entre los hermanos (4, 32-35), siendo servidores unos de otros y poniendo todo en común (2, 42), hasta experimentar que somos un solo corazón y una sola alma, y donde nadie padece necesidades (4, 32-35). Debe ser, en otras palabras, una asamblea eucarística (2, 46), fraterna, gozosa, alegre y misionera (2, 46-48).
Para hacer posible este programa de la primera comunidad, tenemos que desarrollar, con la fuerza del Espíritu, nuevas actitudes: del culto al yo, al sentido comunitario y fraterno; de la incomunicación, a la apertura personal y comunitaria; de la obsesión por la eficacia y el hacer cosas, a la preocupación por hacer personas y comunidades auténticas; del egoísmo de lo mío, a la generosidad del compartir sincero, especialmente con los más necesitados; de la enemistad, envidia, recelo y confrontación, a la estima, confianza y cercanía; de la amargura de la crítica sistemática, negativa y destructiva, a la corrección fraterna y a la ayuda mutua; del miedo al futuro y la perplejidad, a la evangelización y total confianza en el Espíritu; del protagonismo personal o de mi grupo, al servicio generoso. En este año de 2001, para vivir con más intensidad el Día de la Iglesia diocesana, he vuelto a releer algunas páginas de la conocida obra Meditación sobre la Iglesia, de mi maestro Henri De Lubac. Con lucidez recuerda algunas de nuestras tentaciones eclesiales, que siguen vigentes: el identificar nuestro programa o movimiento como si fueran la Iglesia sin más; la tentación de crítica destructiva disfrazada bajo la máscara del bien; el aceptar acríticamente lo que llega bajo la marca de novedad, despreciando la Tradición viva; la desesperanza ante lo que parece lenta evolución, y hasta vuelta atrás de la Iglesia; creer que la Iglesia sólo es para élites (de perfectos, sabios, militantes o iniciados). Concluyo: la identidad y misión de la Iglesia diocesana sólo se pueden captar con los ojos del Espíritu (no sólo ni principalmente con los ojos de la carne), y sólo se pueden valorar cuando se vive y se ama en ella, se celebra con ella, y se da la vida por ella. Raúl Berzosa Martínez |