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El Día de la Iglesia diocesana nos invita a tomar conciencia de nuestra pertenencia a la comunidad eclesial. Para ayudarnos a lograrlo se sirve de un lema con el que pretende poner el acento en algo especialmente necesario hoy. Este año el lema escogido es Para vivir la fe, participa en la vida de la Iglesia y colabora con su sostenimiento económico.
No está de más insistir en la vivencia comunitaria de la fe, máxime cuando en nuestro tiempo uno de los peligros que acechan a los cristianos es, por una parte, ceder a la pretensión de quienes no aceptan que las exigencias de la fe se hagan visibles en todos los campos de la vida y desearían, más bien, verlas relegadas al ámbito de lo privado o al de las sacristías. Querrían unos creyentes con una fe tan privada que no se atrevieran a imponérsela ni a sí mismos. Por otro lado, no es ajena a muchos católicos la tentación de un cierto individualismo que nos aisla y nos priva de los beneficios de la plena vivencia eclesial de la fe, al considerarla también a ésta, por otros motivos, como una mera cuestión privada. Si bien es cierto que el acto de fe es algo personal, en el que, ayudados por la gracia divina, somos insustitubles a la hora de dar nuestra respuesta y adhesión a Dios, también, e inseparablemente de lo anterior, "creer es un acto eclesial. La fe de la Iglesia precede, engendra, conduce y alimenta nuestra fe. La Iglesia es la madre de todos los creyentes" (Catecismo de la Iglesia católica, 181). En consecuencia, nos es especialmente oportuna la llamada que este año nos dirige la campaña del Día de la Iglesia diocesana a tener una mayor y más viva participación eclesial, ya sea en la parroquia, ya sea en la asociación o movimiento apostólico: en su vida litúrgica, en la oración en común, en el apostolado y en sus obras sociales y caritativas, contribuyendo también a su sostenimiento material. Como ha señalado el Papa Juan Pablo II, se trata de "hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo" (Novo millennio ineunte, 43). Por nosotros que no quede. De la revista Nuestra Iglesia |