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Siempre me ha parecido absurdo, incluso por puro realismo, aquel rancio lema que rezaba Jesús sí, la Iglesia no. ¿De qué Jesús hablaría yo, si no hubiese sido por la Iglesia? ¿Dónde podría encontrarle sin riesgo de fabricar yo su imagen, según mi propia medida? ¿Acaso hubiera significado algo más que una hermosa referencia ideal, que con el tiempo tiende a difuminarse? Sólo entendí lo que Cristo tenía que ver con mi vida, es decir, que era la respuesta completa y definitiva a mi necesidad humana, cuando le reconocí presente en la Iglesia. Y no en una Iglesia virtual, como de pintura naif, sino en la que existe y camina cada día intentando ser fiel a su Señor, atravesando tormentas, con esa misteriosa juventud que no se agosta, aunque arrastre el peso de los pecados de sus hijos. En ella descubrí que mi vida era comprendida, estimada y abrazada, como en ningún otro lugar del mundo; era un verdadero espacio de libertad y de verdad, incluso a pesar de las limitaciones y torpezas de sus miembros.
Un escritor de los primeros siglos del cristianismo decía que la Iglesia "ha sido plantada como un paraíso en este mundo". Entiéndase bien, nada de leyenda rosa: se trata de que la Iglesia es el lugar en el que Jesús sigue obrando en el presente, donde continúa una cadena de hechos concretos a través de los cuales Dios se hace familiar y persuasivo para quien los contemple con ojos limpios. No en vano, como decía De Lubac, en ella nunca dejarán de florecer los santos, y sus vidas son la mayor apología del cristianismo. |
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Entonces se comprende que entre pertenecer a la Iglesia, y considerarla como una institución que enseña ciertos valores y presta servicios espirituales, media un abismo. ¿Y en qué consiste pertenecer a esa comunidad singular, donde lo divino se manifiesta a través de lo humano? En primer lugar, no es algo que debo hacer, sino un hecho que reconozco: mi vida (mi razón, mi afecto, mi libertad, mi trabajo) se hace más grande en la medida en que participa de la vida de la Iglesia. Si acojo la Palabra de Dios que ella me presenta y me explica, si vivo con otros esa forma suprema de amistad que es la comunión, si participo en los sacramentos y atiendo a la enseñanza de sus pastores, entonces soy mucho más yo mismo y puedo ofrecer a todos una riqueza insospechada.
Creo que lo demás viene casi por añadidura, porque alguien que es consciente de este don, busca los medios necesarios para crecer en él, se preocupa por las necesidades y problemas de su nueva familia espiritual y carnal, participa en sus aventuras y proyectos según su aptitud y sensibilidad, y, sobre todo, siente la urgencia de comunicar el tesoro que ha recibido a sus familiares, amigos y compañeros. Comprende además que la Iglesia no existe en abstracto, sino que asume las coordenadas del espacio y el tiempo: vive en cada territorio concreto presidida por el obispo, sin perder nunca el horizonte universal que asegura el ministerio del sucesor de Pedro. Siente que esta Iglesia es su casa, un hogar donde conviven en armonía los diferentes carismas que suscita el Espíritu Santo, para que la vida que bulle en su interior no se adormile ni decaiga. De esta conciencia nace una responsabilidad que tiene traducciones muy variadas, según las capacidades y circunstancias de cada persona. Unos serán llamados a prestar el precioso servicio de la catequesis en parroquias o colegios, otros podrán ayudar a vivir la liturgia con mayor dignidad y sentido, o asesorar en la gestión de los asuntos económicos, o acompañar la experiencia de fe de los jóvenes; algunos, en fin, deberán asumir responsabilidades en los diversos Consejos que encauzan y coordinan la vida de las parroquias o de la propia diócesis. Pero para la inmensa mayoría, la responsabilidad de la que hablamos consiste en lo esencial que nunca debe faltar: participar en la comunidad cristiana que alimenta y sostiene la fe, y ofrecer el testimonio de esa misma fe en los ambientes donde cada uno vive. En este Día de la Iglesia diocesana, me parece que lo más urgente y necesario es reconocer que no podemos (sencillamente, ¡no podemos!) vivir nuestra fe al margen del lugar que el Señor ha establecido en el mundo para acompañarnos. Termino con la confesión del novelista francés Georges Bernanos: "Si algún día me echaran, pediría que me dejasen permanecer aunque fuese en un rincón, porque fuera de esta casa no sabría ni siquiera respirar". Yo digo lo mismo. José Luis Restán |