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Lo que parecía hasta hace unos años como algo evidente e innecesario explicar, resulta ahora que no lo es. Me estoy refiriendo a la diferenciación conceptual de los términos de matrimonio frente a las uniones de parejas de hecho, y a la extensión ambigua del vocablo familia a otras realidades convivenciales. También resultaría muy chocante confrontar respuestas actuales con las procedentes de alguna otra encuesta formulada hace veinte años, en los términos de si ¿la unión de dos personas del mismo sexo podría constituir o equipararse a una familia, o a una unión de tipo conyugal análoga a la que se da en el matrimonio? Las iniciativas que se han tomado, recientemente, en materia legislativa autónomica sobre las uniones de hecho (con independencia de su orientación sexual) nos introducen de lleno en la problemática y nos ilustran sobre los grandes cambios que se pretenden implantar en el seno de la sociedad.La familia es una institución natural que existe antes que el Estado o cualquier otra comunidad, constituye la célula básica de la sociedad y se conforma en el elemento angular del desarrollo social. La familia constituye, más que una unidad jurídica, social y económica, una comunidad de amor y de solidaridad, que cumple la doble función personalizadora y socializadora respecto a sus miembros. |
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La casuística de las uniones de hecho no es, en absoluto, uniforme. La convivencia estable de dos personas (hombre y mujer) que deciden, voluntariamente, no contraer vínculo formal al amparo del Derecho Civil no debe equipararse en derechos al matrimonio, si bien los hijos de estas parejas gozan ya, per se, de los mismos derechos que cualquier otro que haya nacido en el seno de un matrimonio (unión formal y voluntariamente contraída). Ahora bien, la convivencia de dos personas del mismo sexo, con independencia de su orientación sexual, es una relación distinta y distante de la que se da en la relación conyugal matrimonial o en la relación estable y duradera de un hombre y una mujer. La convivencia estable de dos personas del mismo sexo podría formularse, perfectamente, desde una relación basada en el vínculo de parentesco o bien de afectividad sin un componente de atracción sexual.
Las Comunidades Autónomas de Cataluña, Valencia, Baleares, Navarra y, recientemente, Madrid han tratado de generar un marco legislativo específico a la demanda minoritaria de las uniones de hecho. En un principio, pudiera parecer que se respeta la singularidad de las uniones de hecho frente a las matrimoniales con una traducción legislativa concreta y específica a favor de aquéllas (realidades distintas exigen tratamientos legislativos diferentes). Sin embargo, en realidad, los contenidos de derechos que se establecen, y que probablemente se otorgarán (Comunidad de Madrid) al amparo de las leyes que regulan las uniones de hecho, son prácticamente los mismos que gozan actualmente los matrimonios. Sólo dos, de momento, pueden ser los puntos más controvertidos y debatidos en este asunto, el derecho a la adopción de menores y el derecho al matrimonio civil (en el caso de las parejas homosexuales). El término, recientemente acuñado, de nuevas familias parece especialmente diseñado para satisfacer a todos y solucionar con un talante de concordia y tolerancia cualquier tipo de unión convivencial. Al amparo del mismo se pretende que no se puedan realizar exclusiones o discriminaciones de ningún grupo (por minoritario que sea) en las prestaciones sociales que se concedan a la familia. Esta estrategia ignora que el ser humano que cree en el valor ético y moral que tiene la familia va a diferenciar siempre que se trata de una estandarización conyuntural y artificial. |
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Al igual que se habla de función y disfunción de un órgano, podemos hacer una traslación al concepto de familia y su correspondiente de disfamilia. Familia lo haríamos sinónimo de estabilidad y bienestar social, de sociedad más justa y humana. Por el contrario, disfamilia nos lleva a la obtención de unos subproductos nada deseables: tensión, fractura y desorden social. La sociedad afectada de la disfamilia es menos humana, justa y respetuosa. La familia tiene una función personalizadora y socializadora tan importante que, cuando se ignora de forma voluntaria o involuntaria, lleva consigo consecuencias graves en el desarrollo y la dinámica social.
La carencia de una política integral sólida a favor de la familia en España ha sido manifiesta. El Plan Integral de Apoyo a la Familia, recientemente aprobado por el Consejo de Ministros, nos devuelve, en cierta medida, la esperanza de creer que, por fin, se empieza a reconocer la importancia de la institución familiar. La concreción de este Plan en medidas realmente efectivas de carácter socio-asistencial-familiar continuará siendo la gran incógnita para los próximos años y legislaturas. Apostar por una política familiar integral presupone saberse conocedor del alto valor que poseen para una sociedad las acciones de familia. Las repercusiones futuras de ahorro y beneficio en materia asistencial, de educación y de seguridad social para la propia sociedad son más que evidentes. El envejecimiento poblacional, unido a un bajo índice de la tasa de natalidad, está originando un desequilibrio demográfico que puede acentuarse peligrosamente para la sociedad del bienestar. El alto índice de fragmentación de las unidades familiares es más que preocupante; la existencia cada vez más frecuente de familias monoparentales, algunas de ellas desestructuradas varias veces, debe servirnos para que reflexionemos sobre cuál es el camino correcto de ayuda a la familia. Cuando se tenga claro, de verdad, por casi todos, cuán grande es el valor que tiene la familia, seguramente se producirán, de forma lógica y natural, las valientes y necesarias políticas familiares para preservar, cuidar, fomentar, apoyar, promocionar lo que, en definitiva, es un tesoro que nosotros no hemos inventado, que nos lo han regalado para siempre y que existe desde la noche de los tiempos. No sé si estas reflexiones, nacidas de la preocupación por el futuro de la familia, puedan servir para algo, puesto que es muy díficil explicar lo evidente, pero de todas formas invito a todos aquellos que valoran la institución familiar a que no permanezcan más tiempo en este largo silencio permisivo, de aceptación conformista del devenir social de nuestro tiempo. Es una invitación al asociacionismo familiar, pero no a crear un atomizado número de sumandos inconexos y descoordinados que sean al final inoperantes, sino, más bien, a una acción de unidad y de defensa de lo indiscutible y moralmente básico. Salgamos juntos de esta larga noche oscura que atraviesa la familia y todos los que de alguna forma la sufrimos y lloramos. Joaquín Díaz |