RetrocesoA&ONº 281/15-XI-2001SumarioEspañaContinuar
El silencio de la prensa
Veinte años de divorcio
La facilidad que el divorcio supone para rehacer la vida es, quizá,
la principal causa de muchos fracasos matrimoniales.
El esposo o la esposa descubren un día que determinada persona
—con menos años, no desgastada por el trabajo, la maternidad o los sufrimientos—
les resulta mucho más atractiva que su cónyuge.
Y dan entrada en su existencia a una infidelidad que acaba,
no pocas veces, en separación o en divorcio

Desde el 7 de julio de 1981, en que se introdujo el divorcio en nuestra legislación, hasta el primero de enero de 1999 —últimos datos oficiales de que disponemos— se han dictado por los tribunales civiles españoles un total de 637.712 sentencias de separación matrimonial, lo que, sobre la base de un hijo de media por matrimonio, supone 1.913.136 personas. Y como, desde 1999 hasta hoy, han continuado las rupturas, no es aventurado pensar que en los actuales momentos se superan ya los dos millones. (No añadimos a esa cifra el número de personas afectadas por el divorcio —445.759 sentencias—, dado que la mayoría de ellas son las mismas, esto es: proceden de matrimonios previamente separados.)

Y al sufrimiento de esas personas —sufrimiento también de los esposos, pues para nadie es plato de buen gusto fracasar en el negocio más importante de su vida— hemos de añadir el sufrimiento de tantos padres y abuelos que ven, con la tristeza consiguiente, cómo se ha destruido el hogar de sus hijos y nietos. Y el sufrimiento de una sociedad que tanto se beneficiaría de estar integrada por familias bien constituídas, pero que tiene que sufrir —pensemos, por ejemplo, en la delincuencia juvenil— los negativos efectos de las rupturas.

Todo hacía pensar que el veinte aniversario del divorcio era un momento muy oportuno para analizar los efectos de una ley cuya introducción tanta polémica despertó, en su día, en nuestra sociedad. Sin embargo, y para asombro de cuantos nos preocupamos por los problemas de la familia, este aniversario ha sido una fecha silenciada por la inmensa mayoría de los medios de comunicación. La inmensa mayoría de los diarios de ámbito nacional no han hecho la más mínima referencia al tema. Sólo contadas excepciones, como Alfa y Omega, que le dedicó un excelente número monográfico, consideraron de interés, aparte de la COPE y algún que otro medio, reflexionar sobre las consecuencias de esa ley a lo largo de estos veinte años.

Y si, como resultado de ese silencio, han pasado desapercibidas para la inmensa mayoría de los españoles las consecuencias negativas de la ley, más desapercibidos aún han pasado —y ello es muy lamentable— los remedios que podrían arbitrarse para eliminar, o mitigar al menos, tan penosas situaciones: labor preventiva, circusntancias de riesgo, mantener la ilusión del noviazgo, tener buen carácter, valorar la sexualidad, poseer ideales comunes, aceptar envejecer juntos… Y dado que, en los actuales momentos al menos, es imposible pensar en la derogación de la ley, la actitud más inteligente es la de tomar cuantas medidas convenga para valorar el matrimonio y llevar a buen término la unión conyugal.

Y LA CULTURA DE MUERTE SIGUE


Concluyamos indicando que el silencio detectado en el aniversario del divorcio se observa también en relación con otros problemas a los que se enfrenta la sociedad española:

El aborto: el 27 de junio de 1985, el Congreso aprobó la despenalización del aborto. Desde entonces, más de 500.000 no nacidos —de los que tan necesitados está nuestro país con el índice de natalidad más bajo del mundo— han sido eliminados.

El descenso de nacimientos: un informe de las Naciones Unidas señala que en 2050 España será el país más viejo del mundo, habiendo pasado de 40 millones de habitantes a 31,2, precisando recibir, para el matenimiento de los servicios, a 12 millones de inmigrantes.

Ojalá que los medios de comunicación —cumpliendo su obligación de formar e informar— se hagan eco de la triste realidad a que la ley del divorcio, la ley del aborto y el descenso de nacimientos nos están conduciendo. Sería un servicio que los españoles nunca les agradeceríamos bastante.

Luis Riesgo Ménguez