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Jesús Colina. RomaLas cifras del resultado final provisional de las elecciones presidenciales en Nicaragua han sido, de cariz totalmente diferente a las previsiones de los sondeos. Según los primeros datos del Consejo Supremo Electoral (CSE), Bolaños ha aventajado a Ortega en 9,08 puntos, con un 53,73% de los votos, frente al 44,65%. ¿Cómo es posible que los sondeos hayan cometido un error tan garrafal? Una respuesta se encuentra en las palabras que pronunció el cardenal Miguel Obando Bravo, arzobispo de Managua, en la multitudinaria misa que celebró en la fiesta de Todos los Santos, tres días antes de las elecciones. El purpurado mencionó de pasada las increíbles promesas electorales con las que Ortega llegó a la recta final de la campaña presidencial: 276.000 pesetas a los campesinos si era elegido. El cardenal salesiano definió como degradante "cualquier regalo que pueda influir en el voto, porque la conciencia no está en venta". En un momento en que la situación de los campesinos nicaragüenses es de auténtica hambre, la promesa se convirtió en un boomerang. |
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El cardenal, fuerte opositor del régimen sandinista en los años 80 en nombre de la libertad, subrayó que "debemos buscar en la historia pasada de los candidatos" para verificar su efectiva capacidad de gobernar, e insistió en repetir que son requisitos indispensables las capacidades profesionales y las dotes morales.
Y sin embargo, aparte esta somera intervención, la Iglesia nicaragüense se mantuvo totalmente al margen de la batalla política. El documento de la Conferencia Episcopal sobre las elecciones se cuidó mucho de tomar parte a favor de cualquier candidato, y se limitó a hacer una llamada contra el abstencionismo electoral y a recordar los principios que fundamentan la democracia, que sólo puede darse cuando un Estado de derecho tiene una recta concepción de la persona humana. De lo contrario, se convierte en "un totalitarismo visible o encubierto". Éste fue el mismísimo llamamiento que hizo Juan Pablo II a los nicaragüenses el 21 de septiembre, al recibir a sus obispos en visita al Vaticano. Aunque los representantes católicos nunca hicieron mención en la campaña electoral, todavía queda como un clavo punzante en la conciencia del país la afrenta que el régimen sandinista propinó al Papa durante su visita de 1983, cuando Ortega era coordinador del Gobierno. Durante la misa, que el Pontífice celebró el 4 de marzo, en la Plaza de la Revolución de Managua, militantes sandinistas impidieron que la gente escuchara las palabras del Papa, vociferando a gritos: ¡Poder Popular!, ¡Iglesia Popular! La prensa internacional calificó el acto de profanación y de provocación blasfema. El 76% de la población en Nicaragua es católico y el 15% protestante. Curiosamente, los ataques más duros contra Daniel Ortega provinieron de parte de esta última comunidad. Medios de comunicación de todo el mundo, especialmente anglosajones, se hicieron eco de la denuncia de la menonita Lois Orozco, víctima de la represión sandinista, que recordó las redes de espías de barrio, los teléfonos pinchados y las jornadas de trabajo en domingo que obligaban a cavar trincheras para prevenir una invasión de Estados Unidos, que los sandinistas consideraban inminente. Algunos representantes protestantes fueron expulsados en aquellos años, así como sacerdotes católicos críticos del Gobierno. Con Ortega o sin Ortega, Nicaragua tiene que afrontar, sin embargo, una situación dificilísima. Entre junio y julio murieron quince personas a causa de la terrible sequía que ha padecido el país este verano. Durante esos meses, 630.000 campesinos quedaron expuestos a una situación que los expertos consideraron de inestabilidad alimentaria. La diarrea se cobró inexorablemente la vida de niños menores de dos años. Terminada la refriega política, a Nicaragua le ha llegado la hora de levantarse de una postración provocada por corrupción política y catástrofes naturales. Cáritas España se encuentra en estos momentos en primera fila en la ayuda a las comunidades más pobres del país. |