|
|
|
Un risueño peluche, que me regaló Javier y que hoy decora la habitación de mi hija de año y medio, trae a mi memoria con frecuencia a las personas que sufren. Le pido a Dios que sus palabras no se las lleve el viento.
Javier es un chico de veinte años, una extraña enfermedad le dejó paralítico, junto con otras complicaciones, a los siete años; por si fuera poco, su pronóstico de vida parece ser ya muy corto. Su vida actual está a caballo entre su casa y el hospital. Javier está lleno de rabia y miedo, no sólo por el conocimiento de su enfermedad, también por las repercusiones sobre su vida familiar. En esta situación acude al Centro de Escucha solicitando nuestra ayuda. Le acompaña su madre. No es difícil imaginarse el sufrimiento de esa madre y de ese hijo, ¿verdad? Yo soy voluntaria de este Centro y Javier ha sido una de las personas a las que he intentado ayudar. Espero que, a través de este testimonio, lleguen a comprender cuál es la labor que desarrollamos. He elegido a Javier por el impacto personal y profesional que produjo sobre mí. Yo le ofrecí mi ayuda, pero ¿cuánto tengo yo que agradecer a este chico? Es fácil sentir en cada uno de nosotros la grandeza del ser humano cuando ayudamos a una persona que sufre. Buena prueba de ello la tenemos en Jesús, ¡qué cerca está de cada uno de nosotros y qué facil es sentirle al lado del que sufre! Con frecuencia me dirijo a Dios para pedirle que me eche una mano; cuando conocí a Javier le pedí todo su corazón. ¿Cómo ayudar a este chico? Ninguna respuesta me parecía lo suficientemente buena, sólo sentía tristeza e impotencia. Acudí nerviosa al primer encuentro. ¡No sabía qué decirle! Desde luego, mi sorpresa fue mayúscula. Javier era un chico joven y él necesitaba hablar de música, cine, chicas, animales..., cosas sencillas propias de su edad. Estaba enfermo y también necesitaba hablar de ello. Él no era diferente al resto de las personas que sufren. Necesitaba que alguien acogiera, respetara y escuchara los grito de rabia por su enfermedad, a la vez que las ilusiones propias de un chico de veinte años. En todos los encuentros Javier me solicitaba lo mismo: "Escúchame". Mi pregunta estaba resuelta, Javier necesitaba por encima de todo ser escuchado, sentirse acogido y respetado. Es lo primero que hago con cada una de las personas que acuden al Centro, pero este caso me parecía tan sangrante que buscaba una varita mágica. El Centro de Escucha ofrece un servicio gratuito para todas aquellas personas que sufren por cualquier causa (enfermedad, soledad, problemas familiares, pérdida de un ser querido, etc.) El Centro constituye un espacio donde ser escuchado con respeto y profesionalidad. Todos los voluntarios somos expertos en relación de ayuda, utilizamos sus diferentes técnicas, no sólo la escuha, siempre en función de las necesidades de la persona ayudada. Aunque, personalmente, creo que sigue siendo esta habilidad uno de los mejores fármacos para aliviar y reconstruir el sufrimiento humano. En numerosas ocasiones nos empeñamos en buscar soluciones para aliviar a la persona que sufre. No nos damos cuenta de que quizá lo que más necesite una persona que está pasando por una situación de dificultad es encontrar a alguien que le acompañe en el camino, comprenda y comparta las palabras de un corazón roto. Esto fue lo único que hice yo con Javier. ¡Qué frases tan sencillas de entender, y qué terapia tan difícil de encontrar! Felicidad Vicente |