RetrocesoA&ONº 282/22-XI-2001SumarioAqui y ahoraContinuar
Ver, oír... y contarlo
Enemigos de nosotros mismos
José Francisco Serrano
pserrano@planalfa.es

René Girard nació el 25 de diciembre de 1923 en Avignon, y vive, desde 1947, en losEstados Unidos; enseña en la Universidad de Stanford (California). En esta entrevista de Le Monde, publicada el día 5 del presente mes y realizada por Henri Tincq, el antropólogo trata por primera vez de analizar, desde su pensamiento cristiano, la amenaza terrorista actual. Para él la violencia no es en primer lugar política o biológica, sino mimética. En una obra que acaba de aparecer en Francia, en la editorial Desclée de Brouwer —Celui par qui le scandale arrive— (oct-2001), René Girard vuelve sobre su convicción de que la cruz —la muerte de Cristo— anuncia la victoria sobre los mitos y las regresiones más arcaicas.

"¿Su teoría de la rivalidad mimética puede aplicarse a la actual situación de crisis internacional?

El error consiste en razonar siempre desde las categorías de la diferencia, mientras que la raíz de todos los conflictos, es más bien la coincidencia, la competitividad, la rivalidad mimética entre los seres, los países, las culturas. La competitividad, es decir, el deseo de imitar al otro para obtener el mismo objeto que él, exige necesariamente la violencia. Sin duda el terrorismo está ligado a un mundo diferente del nuestro, pero lo que suscita el terrorismo no está en esta diferencia que lo aleja aún más de nosotros y nos lo hace inconcebible. Está, por el contrario, en un deseo exacerbado de convergencia y de asemejarse. Las relaciones humanas son esencialmente relaciones de imitación, de concurrencia competitiva.

¿Es necesario comprender que los enemigos de Occidente hacen de los Estados Unidos el modelo mimético de sus aspiraciones, en caso de necesidad, incluso matándolo?

Este sentimiento no es tanto de las masas como de los dirigentes. En el plano de la fortuna personal, se sabe que un hombre como Ben Laden no tiene nada que envidiar a nadie. Y ¡cuántos jefes de facción o de partido están en esta situación intermedia idéntica a la suya! Véase un Mirabeau al principio de la Revolución Francesa: tenía un pie en un campo y otro pie en el otro, y vive de la manera más exacerbada su resentimiento. En los Estados Unidos los emigrantes se integran con facilidad, mientras que otros, incluso aun cuando su éxito sea brillante, viven en un dolor y en un resentimiento permanentes. Porque se remiten a su infancia, a frustraciones y humillaciones heredadas del pasado. Esta dimensión es esencial, en particular en el caso de los musulmanes, que tienen unas tradiciones acerca de la dignidad y un estilo de vida cercanos todavía al feudalismo.

Pero los americanos deberían de ser los menos sorprendidos por lo que está pasando, pues viven permanentemente bajo estas relaciones de competitividad.

América encarna, en efecto, estas relaciones miméticas de competencia. La ideología de la libre empresa es de hecho la solución absoluta. Eficaz pero explosiva. Sus relaciones de competitividad son excelentes, si se sale vencedor; pero, si los vencedores son siempre los mismos, entonces, tarde o temprano, los vencidos invierten el tablero de juego. Cuando esta competitividad mimética resulta desafortunada, resurge siempre, en un momento dado, bajo una forma violenta. Desde este punto de vista, es el Islam el que provee hoy el cimiento que antes encontrábamos en el marxismo. Os enterraremos, decía Khrouchtchev a los americanos. Y eso que aparentaba ser un buen chico... Ben Laden es más inquietante que el marxismo, en el cual reconocemos un diseño de bienestar material, de prosperidad, y un ideal de éxito no muy alejado del que se vive en Occidente.

¿Diría usted que la figura dominante del Islam es la del guerrero combatiente, y que en el cristianismo es la de la víctima inocente, y que esta diferencia irreductible condena toda tentativa de comprensión entre estos dos monoteísmos?

Lo que me preocupa en la historia del Islam es la rapidez de su difusión. Se trata de la conquista militar más extraordinaria de todos los tiempos. Los bárbaros se asentaban en las sociedades que habían conquistado, pero el Islam permanece tal cual era, y ha convertido a las poblaciones de las dos terceras partes del Mediterráneo. No es, por tanto, un mito arcaico, como tendríamos la tendencia de creer. Yo diría incluso que es una vuelta —racionalista desde determinados puntos de vista— de aquello que hacía el cristianismo, una clase de protestantismo antes de tiempo. En la fe musulmana hay un aspecto simple, bruto, práctico, que ha facilitado su difusión y transformado la vida de un gran número de pueblos en estado tribal, abriéndolos al monoteísmo judío modificado por el cristianismo. Pero le falta lo esencial del cristianismo: la cruz. Como el cristianismo, el Islam rehabilita a la víctima inocente, pero lo hace de manera guerrera. La cruz, por el contrario es el fin de los mitos violentos y arcaicos.

Nuestras modas intelectuales no quieren ver la violencia más que en los textos, ¿pero de dónde viene realmente la amenaza?

Hoy vivimos en un mundo peligroso en el que todos los movimientos de masas son violentos. Esa muchedumbre era ya violenta en los Salmos. Está también en el relato de Job. Esa muchedumbre exige que Job se reconozca culpable: es un auténtico proceso a lo Moscú lo que le hacen. Proceso profético. ¿No es el mismo que el que le hacen a Cristo adulado por las muchedumbres, después rechazado en el momento de la Pasión? Estos relatos anuncian la cruz, la muerte de la víctima inocente, la victoria sobre todos los mitos sacrificiales de la antigüedad.

¿Es esto tan diferente en el Islam? Contienen también formidables intuiciones proféticas sobre la relación entre la muchedumbre, los mitos, las víctimas y el sacrificio. En la tradición musulmana, el carnero sacrificado por Abel es el mismo que aquel que ha sido enviado por Dios a Abrahán para que perdone a su hijo. Porque Abel sacrifica carneros, no mata a su hermano. Porque Caín no sacrifica animales, mata a su hermano. Dicho de otra manera: el animal sacrificial evita la muerte del hermano y del hijo. Es decir, que proporciona una vía de evacuación a la violencia. De esta manera hay en Mahoma intuiciones que están al mismo nivel de algunas de las de los grandes profetas judíos, pero al mismo tiempo contiene una preocupación por el antagonismo y la separación del judaísmo y del cristianismo que puede volver negativa nuestra interpretación.

Usted insiste, en su último libro, sobre la autocrítica occidental, siempre presente al lado del etnocentrismo. Nosotros los occidentales —escribe usted—, somos siempre simultáneamente nosotros mismos y nuestros propios enemigos. ¿Subsiste esta autocrítica después de la destrucción de las torres?

Subsiste y es legítima para replantearse el futuro, para corregir esa idea, por ejemplo, de un Locke o de un Adam Smith, según la cual la libre competencia sería siempre buena y generosa. Es una idea absurda y nosotros lo sabemos desde hace mucho tiempo. Es asombroso que, después de un fracaso tan flagrante como el del marxismo, la ideología de la libre empresa no se muestre más capaz de defenderse mejor. Afirmar que ha llegado el fin de la Historia, porque esta ideología la ha haya arrastrado hacia el colectivismo, es evidentemente falso. En los países occidentales la diferencia de los salarios se acrecienta de una manera considerable, y vamos hacia reacciones explosivas. Y no hablo del tercer mundo. Lo que se espera después de los atentados es, ciertamente, una ideología renovada, más razonable, del liberalismo y del progreso".