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De todos son conocidos el interés y amplio debate suscitado en la opinión pública, en los últimos meses, en lo referente al genoma humano y sus potenciales aplicaciones, así como la llamada clonación no reproductiva y sus fines terapéuticos. Estos temas han supuesto una irrupción de la ciencia en la conciencia del hombre. No se trata de negar la realidad de unos problemas de aparente solución inmediata, como el uso de células totipotentes procedentes de embriones para remediar la degeneración de un tejido, o el trasplante de un órgano. De lo que se trata es de que estamos obligados a conocer la realidad del avance de la ciencia, ordenar nuestras ideas y valorar la trascendencia de aquello que se pretendiera hacer, para evitar que se vulnere la dignidad humana. |
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La idea del Proyecto Genoma Humano empezó a gestarse en 1984 en California, cuando un grupo de científicos discutió la conveniencia de poner en marcha un programa de gran envergadura, para facilitar la detección de mutaciones génicas causantes de enfermedades. En el año 2000, justo mientras los genéticos celebrábamos el centenario del nacimiento de la genética, se dio término a la primera etapa del proyecto. En 100 años hemos pasado, de saber apenas nada, al conocimiento exhaustivo de la información genética del ADN de nuestro genoma.
El Proyecto Genoma Humano servirá para ampliar nuestro conocimiento sobre la evolución de las especies, hombre incluido; estimar la diversidad dentro y entre las poblaciones humanas; conocer la expresión de nuestros genes a lo largo del desarrollo; generar pruebas de diagnóstico de enfermedades hereditarias y protocolos de terapia génica; desarrollar fármacos y probar soluciones a enfermedades humanas en modelos animales, etc. Pero hay algo de lo que se ha hablado menos, y cuyo conocimiento refuerza el Proyecto Genoma. Tenemos un genoma común, patrimonio de toda la Humanidad, y unos genomas individuales, patrimonio de cada persona. El genoma común tiene unas características estructurales específicas de la especie humana, 3.000 millones de pares bases en el ADN total repartidas en 23 de cromosomas, que codifican a un conjunto de unos 70.000 genes. De cada gen existen diferentes alternativas (alelos), aunque en cada individuo sólo estén presentes dos. Lo individual se refiere a las combinaciones de genes que posee cada persona, y que se definen en el mismo momento de la concepción, cuando se forma un cigoto que resulta de la combinación aleatoria de los 70.000 pares de genes, la mitad procedente del padre y la otra mitad de la madre. Se reúnen en dicho momento y se conservan de forma invariable hasta alcanzar los 10 billones de células que dan volumen al ser humano adulto. En la doble dimensión del desarrollo, espacial y temporal, no cabe hablar ni de identidades parciales ni sucesivas. El individuo tiene en todas y cada una de sus partes, y conserva hasta la muerte, la misma identidad genética, que es lo que permite hacer una identificación a partir de unas muestras de tejidos, o de sus restos tras la muerte. Hay sectores que animan una postura que se pretende políticamente correcta y que trata de justificar la sustitución de la concepción natural por la vía artificial, con un amplio abanico de situaciones añadidas, sobre la clonación y manipulación de los embriones. Hipócritamente se niega el concepto de persona, y hasta la consideración de embrión al producto de las primeras divisiones celulares tras la fecundación, o hasta la anidación en el útero materno, o incluso posteriormente. Sin embargo, se reconoce esa identidad propia cuando de lo que se trata es de utilizarla para solucionar un problema de salud de un hermano clónico, o para beneficio ajeno al propio embrión. Pero una cosa es diagnosticar una enfermedad y tratar de solucionarla, y otra muy distinta utilizar a seres humanos indefensos para ello. Y, un poco más allá, está el uso de las mismas técnicas para modificar caprichosamente al hombre de acuerdo a unas normas imaginarias, o de corregir sus pretendidas imperfecciones utilizando embriones que tienen vida humana y que son igualmente personas con una identidad genética propia y distinta. ¿Dónde está el límite?; ¿qué hay de nuestra dignidad? Nicolás Jouve de la Barreda |