RetrocesoA&ONº 282/22-XI-2001SumarioContraportadaContinuar
A la Madre, ante la solemnidad de su Hijo Jesucristo, Rey del Universo
Las glorias de María
Ayer, 21 de noviembre, celebramos la fiesta de la Presentación de la Santísima Virgen,
y el próximo domingo la solemnidad de su Hijo proclamado Rey del Universo.
Ocasión sin duda propicia para ofrecer esta página dedicada a la Madre del Rey.
Unos 80 intelectuales, laicos y religiosos, han unido sus voces de alabanza
a la Virgen en un libro titulado ¡Bienaventurada! Alabanzas y parabienes de la BAC
a la Virgen María en el umbral del tercer milenio,
como con ocasión del Jubileo
del 2000 hizo con la Persona de Jesucristo. Supone este volumen —cuya edición
ha sido dirigida por Joaquín Luis Ortega— la nueva propuesta de la editorial de Autores
Cristianos para la Navidad de este año 2001. He aquí un pequeño extracto
de estas hermosas muestras de cariño, por algunos de sus coautores
Bienaventurada te llamo con los hombres y mujeres de mi generación. Cuando tantos creen que esto va mal y que tu Hijo y tú os habéis alejado y sois sólo un recuerdo en el horizonte.

Bienaventurada te llamo con los de hoy, así como somos, con tanta injusticia —como siempre—, pero ganando espacio a los campos sin tanques, y al número de los que se ufanaban de matar al discrepante, ¡incluso en el nombre de tu Hijo!

Venancio-Luis Agudo

María, nombre de variadas irisaciones al compás cambiante de la vida, aprendido cuando el corazón era limpio, nunca olvidado. Profundo misterio de fe, tan cercano e íntimo, aurora que anuncia el día, causa de nuestra alegría, vida, dulcura, esperanza nuestra ¡oh, santa Madre de Dios!, ¡Ave, María!

José Ignacio Tellechea

María, mulier fortis, pasó su vida diciendo sí al Dios que se fijó en ella y que la eligió para madre de un Dios y hombre verdadero. María, la elegida, iba guardando en su corazón la mirada de su Hijo, y a cada imagen de su retina iba diciendo . Sencillamente, .

Carlos Díaz

Bienaventurada María, la mil veces nombrada de distinta manera, porque el Señor ha mirado la humildad de su sierva, y por eso te llamarás, te llamaremos, Señora de la Viña y de la Oliva, del Mar y de la Montaña, del Castañar y del Pino, y del Arroyo y de la Cañada, y de los Azahares y del Romero, de Atocha, del Juncal, del Acebo, del Brezo y del Henar. Tantas cosas sencillas, flores, palabras de cada día del labriego, del pastor, del caminante…

Alejandro Fernández Pombo

Qué mujer ha tenido la capacidad de entrega que tuvo María? ¿Qué mujer ha sido por eso más mujer? Se explica que, cuando la novelista Gertrude von le Fort pasa revista a las cualidades específicamente femeninas, acabe en la conclusión de que la perfección de esas cualidades está en María, en quien por eso la Mujer ideal, por la que se pregunta la novelista, ha tenido su realización histórica, única e irrepetible.

José María García Escudero

Decimos madre de Dios y lo decimos tranquilamente, con la misma naturalidad con que decimos la madre de Carlos o de Carlota. Sin embargo, esa expresión está reclamando nuestro estupor, incluso cierta resistencia, cierto escándalo. Madre de Dios. En el límite del lenguaje y al borde mismo del absurdo, hemos tenido que hablar así: Dios, que es incapaz de hacer otros Dios, hizo lo más que podía hacer, una madre de Dios.

José María Cabodevilla

Pueblo castellano, el frío de fuera nos recoge en casa.
Mi madre y mi abuela rezan el rosario.

Los niños jugamos. La leña crepita en la chimenea,

corean las llamas las avemarías, ronronea el gato.

Se queda María, cena con nosotros.

Llegan los obreros, abren los batanes y las hilaturas,

comienza la fábrica y el tabajo diario.

Al son de las máquinas se reza el rosario.

La Virgen sonríe, nos bendice a todos.

María Dolores de Miguel

Bienaventurada, María!, porque aceptaste el extraño devenir de los acontecimientos en el excelso nacimiento de Nuestro Señor, en la humildad del silencio… Enséñame a no buscar las glorias humanas, sino sólo la de Dios.

¡Bienaventurada, María!, porque, aturdida por haber perdido a tu divino Hijo en el templo, suspiste aceptar la Palabra del Niño, callar y confiar… Enséñame a escuchar, no sólo oír, y callar prudente ante los que, a veces, considero errores ajenos…

Gustavo Villapalos