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Bienaventurada te llamo con los hombres y mujeres de mi generación. Cuando tantos creen que esto va mal y que tu Hijo y tú os habéis alejado y sois sólo un recuerdo en el horizonte.Bienaventurada te llamo con los de hoy, así como somos, con tanta injusticia como siempre, pero ganando espacio a los campos sin tanques, y al número de los que se ufanaban de matar al discrepante, ¡incluso en el nombre de tu Hijo! Venancio-Luis Agudo María, nombre de variadas irisaciones al compás cambiante de la vida, aprendido cuando el corazón era limpio, nunca olvidado. Profundo misterio de fe, tan cercano e íntimo, aurora que anuncia el día, causa de nuestra alegría, vida, dulcura, esperanza nuestra ¡oh, santa Madre de Dios!, ¡Ave, María! José Ignacio Tellechea María, mulier fortis, pasó su vida diciendo sí al Dios que se fijó en ella y que la eligió para madre de un Dios y hombre verdadero. María, la elegida, iba guardando en su corazón la mirada de su Hijo, y a cada imagen de su retina iba diciendo sí. Sencillamente, sí. Carlos Díaz |
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Alejandro Fernández Pombo Qué mujer ha tenido la capacidad de entrega que tuvo María? ¿Qué mujer ha sido por eso más mujer? Se explica que, cuando la novelista Gertrude von le Fort pasa revista a las cualidades específicamente femeninas, acabe en la conclusión de que la perfección de esas cualidades está en María, en quien por eso la Mujer ideal, por la que se pregunta la novelista, ha tenido su realización histórica, única e irrepetible. José María García Escudero Decimos madre de Dios y lo decimos tranquilamente, con la misma naturalidad con que decimos la madre de Carlos o de Carlota. Sin embargo, esa expresión está reclamando nuestro estupor, incluso cierta resistencia, cierto escándalo. Madre de Dios. En el límite del lenguaje y al borde mismo del absurdo, hemos tenido que hablar así: Dios, que es incapaz de hacer otros Dios, hizo lo más que podía hacer, una madre de Dios. José María Cabodevilla Pueblo castellano, el frío de fuera nos recoge en casa. María Dolores de Miguel Bienaventurada, María!, porque aceptaste el extraño devenir de los acontecimientos en el excelso nacimiento de Nuestro Señor, en la humildad del silencio Enséñame a no buscar las glorias humanas, sino sólo la de Dios. ¡Bienaventurada, María!, porque, aturdida por haber perdido a tu divino Hijo en el templo, suspiste aceptar la Palabra del Niño, callar y confiar Enséñame a escuchar, no sólo oír, y callar prudente ante los que, a veces, considero errores ajenos Gustavo Villapalos |