RetrocesoA&ONº 282/22-XI-2001SumarioDesde la feContinuar
Cine
Kandahar, una escala obligada
Se estrena Kandahar, de Mohsen Makhmalbaf, una película vitoreada en Cannes
y que inauguró el reciente festival de Valladolid. Gracias a ella nos llegan imágenes
de un país donde no las hay: están prohibidos los cines, la televisión y hasta las fotos
en la prensa: Afganistán. La película es un viaje al interior de un régimen que,
en 1996, incendió las bibliotecas quemando más de 55.000 libros:
el régimen talibán, una reflexión sobre los hombres y mujeres en los que hoy
gravita la honda preocupación por la convivencia futura en el planeta
Cuando el cine es capaz de vestir de poesía el dolor y la tristeza, se encuentra en el umbral de la obra maestra. Conocemos muchos casos recientes: Zhang Yimou, M. Majidi, Benigni... Lo mismo se podría decir de Kandahar, del iraní Mohsen Makhmalbaf. Pero hay una trágica circunstancia que la hace especialmente significativa: Kandahar se interna en el corazón humano de la dictadura talibán afgana, en torno a la ciudad de Kandahar. Pocas películas tienen la actualidad más a su favor. En ella se nos cuenta cómo es la realidad de las mujeres y de los niños bajo el régimen del Mulá Mohamed Omar en el año 2000.

Basada en un hecho real, Kandahar cuenta la historia de Nafas, una joven periodista afgana refugiada en Canadá. Ella decide volver a Kandahar porque su hermana menor, que aún vive allí, le ha anunciado por carta que se suicidará el día del último eclipse del siglo: ya no puede soportar más esas condiciones de vida. Nafas viaja clandestina y urgentemente a Afganistán para intentar transmitirle alguna razón para vivir.

Nafas —que significa respiración, algo dificultada por el obligado burka de las mujeres— comienza así un viaje al Afganistán profundo y a la desesperanza que le muestra —y nos muestra— la vida cotidiana de los niños, las mujeres, los mutilados por las minas, los malechores, los mulás y los voluntarios de Cruz Roja. Esta road movie iraní está rodada sin carga ideológica, pero sin pretender una asepsia documental. No hay discurso, sólo el acompañamiento a la mirada dolorida y dolorosa de una mujer que descubre en qué se ha convertido su país. "En este viaje todo está lleno de guerra", afirma un personaje del film.

En Kandahar vemos cómo en las madrasas —escuelas talibanes— se les enseña a los niños el Corán en la misma lección en que aprenden a usar un kalashnikov y un sable, y a hablar de Dios en términos de violencia; comprobamos aterrados cómo los médicos sólo pueden relacionarse con las pacientes a través de un diminuto agujero realizado en el centro de un telón que les separa, y siempre hablándose a través de un intermediario; nos estremecemos al ver cómo las niñas no tienen derecho a escolarizarse, cómo casi todos los hombres sufren mutilaciones..., cómo se vive sin dignidad.

Lo más desarrollado en el film es el trato hacia las mujeres, llamadas siya sarcabezas negras—, mujeres sin nombre, piezas del harén. "Tápate la cara —le espeta un anciano a Nafas—, somos gente de honor, fe y religión". Y es que la religión es vivida como pura ideología irracional: "Nos conformamos con lo que Dios nos manda", grita un hombre mientras unos bandidos, cuchillo en mano, roban a sus hijos la comida y la ropa. Pero, paradójicamente, en la madrasa enseñan a los niños que "la espada cumple la voluntad de Dios". Y el que no la aprenda a usar "nunca será un verdadero talibán". Por ello declara el médico, personaje más humano del film, que "las armas son lo único moderno en Afganistán".

Es precisamente este médico, benefactor de Nafas, el que piensa que "la esperanza de una razón para vivir es, en Afganistán, una abstracción". No cabe mayor pesimismo. "Cada cinco minutos muere alguien desde hace veinte años; se pierde la esperanza cada cinco minutos". Pero añade: "Quizás algún país se dé cuenta y nos ayude".

Mohsen Makhmalbaf, veterano representante de la escuela iraní, ya había dado sobradas muestras de talento artístico en su anterior filmografía, como en El silencio y Gabbeh. Ahora ha dado un paso más llevándonos al núcleo humano de una sociedad fanática y sin libertad. A la soledad de un mundo donde todos son una amenaza, donde el suelo está plagado de minas y donde no hay nada que comer. "El movimiento talibán es el ejército de la ignorancia", responde Makhmalbaf en una entrevista. Pero también el film nos muestra la grandeza del espíritu humano cuando trata de ser digno en medio de tanta iniquidad. Como dice en Kandahar, "por muy altos que sean los muros, más alto es el cielo".

Esta historia conmovedora tiene una puesta en escena delicada, luminosa, concreta. Con unas miradas que colorean la pantalla y la llenan de significado. Las interpretaciones —no profesionales— son tan sobrias y precisas como reales, y revelan a la perfección un mundo de niños sin infancia y de mujeres sin identidad. Kandahar es, por un lado, un grito de denuncia sin ambages, y, por otro, un canto a la esperanza de una verdadera humanidad. Cita ineludible en los malos tiempos que vivimos.

Juan Orellana