RetrocesoA&ONº 282/22-XI-2001SumarioEn portadaContinuar
Los latidos del Corazón de Dios
No es el hombre lo que parece, sino que esconde en sí
un pozo, del que pueden brotar aguas vivas.
(Como aquel de la Samaritana, un pozo profundo).
No es el hombre lo que parece, sino que contiene un abismo
interior, abismo que llama al abismo.
Es su corazón profundo, lugar sellado donde el hombre
puede encontrarse con su Creador
y vivir en comunión con Él.
Espacio secreto del que el hombre es portador sin saberlo,
la mayoría de las veces,
y que está hecho para Dios.
Hay que desenterrarlo, excavarlo, hacerlo emerger
de las profundidades de la psicología.
Allí donde se escucha al Padre pronunciar
su Única Palabra en un silencio eterno: su Verbo de Luz.
En el ruido del oleaje psíquico no oirás nunca
este suave murmullo —fuérzate al silencio.
Callar: reunir tus fuerzas vivas en dirección
del Objeto Amado, en cuya Luz verás la Luz
(y a ti mismo en ella).
Silencio de todo proyecto personal de auto-realización,
abandono en manos de Otro—,
el Único que tiene un verdadero Proyecto
desde antes de la creación del mundo.
Dale, dale todos tus ruidos, reposa en Él.
Escucha los latidos del Corazón de tu Dios,
en un encuentro entre dos silencios que se buscan.
Desciende, desciende a tu propio corazón,
no temas alejarte de los hombres, tus hermanos,
es allí donde los encontrarás en verdad.
En este lugar sagrado podrás vivir, y morir,
y resucitar.
Podrás escuchar el gemido universal de todos los seres
que elevan al Creador un himno de silencio.

Una contemplativa