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J. F. Serrano Ocejapserrano@planalfa.es El eurodiputado y sociólogo francés Sami Naïr repite constantemente que los tres grandes temas de la agenda social del siglo XXI serán la emigración, la imagen y la genética. El anuncio de la clonación, por primera vez y con éxito, de un embrión humano con fines de terapia caníbal -matar para, supuestamente, dar vida-, publicado por los investigadores del Advance Cell Technology, José Cibelli, Robert Lanza y Michael West, en el Journal of Regenerative Medicine, nos recuerda las palabras de Wagner, el criado de Fausto, en la obra de Goethe: "¡Líbrenos Dios! El antiguo modo de engendrar es hoy para nosotros una pura gansada. El delicado punto del cual surgió la vida, la sublime fuerza que de lo íntimo brotó y tomó y dió para diseñarse con trazos concretos y apropiarse primero lo más próximo y después lo lejano, hállase ahora degradada de su dignidad; si aún sigue el animal retozando, debe el hombre, con sus grandes dotes, tener en el futuro un origen cada vez más alto". |
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Según Javier Sampedro, en el diario El País, el martes 27 de noviembre, "el anuncio de la firma Advanced Cell Technology (ACT) ha conseguido exactamente lo que se proponía: romper el tabú de la clonación de embriones humanos y devolver al debate público un asunto de inmenso valor para el futuro cercano de la Medicina. Por lo demás, la técnica presenta todavía graves deficiencias. De los 41 embriones creados por los científicos de ACT, sólo uno logró alcanzar la fase de seis células, muy lejos aún del estado llamado blastocito, que tiene unas cien células. Es el blastocito el que puede usarse para extraer las preciadas células madre útiles en Medicina. Si los embriones de ACT son inútiles para extraer células madre (clonación terapéutica), su hipotético uso para obtener niños clónicos (clonación reproductiva) entra de lleno en el terreno de la comedia. Nadie en su sano juicio -ni siquiera el ginecólogo italiano Severino Antinori, que ayer andaba proclamando que los norteamericanos le habían robado la idea- perdería el tiempo utilizando un embrión detenido en la fase de seis células para implantarlo en un útero. Los embriones que se implantan deben estar también en el estado de blastocito. Y sus procesos de desarrollo, naturalmente, deben estar activos".
La Agencia Zenit, en su servicio del pasado martes, recordaba que "la Santa Sede ha denunciado el carácter dramático y la gravedad moral del experimento de clonación humana, anunciado este domingo por un laboratorio privado en Estados Unidos. Un comunicado sin firma distribuido este lunes por la Sala de Prensa vaticana se pregunta: "Eso que como científicos denominan en su artículo early embryo, embrión en fase inicial, ¿qué es?" El comunicado de prensa reconoce así que la gravedad del experimento, tal y como ha sido expuesto por The Journal of Regenerative Medicine, se debe al hecho de que se ha realizado creando un ser humano, en estado todavía de embrión. Después, el embrión clonado ha sido eliminado. "Vuelve así con toda su actualidad el interrogante bioético nunca adormecido por la verdad: cuándo es posible considerar el inicio de la vida humana", constata el texto vaticano. El documento confirma "con fuerza que el inicio de la vida humana no puede ser fijado por convención en un cierto estadio del desarrollo del embrión; se sitúa, en realidad, en el primer instante de la existencia del embrión mismo". "A pesar de las declaradas intenciones humanísticas de quien anuncia curaciones sorprendentes siguiendo este camino, que pasa a través de la industria de la clonación, es necesario un juicio objetivo, pero firme, que muestre la gravedad moral de este proyecto y que justifique su condena inequívoca", añade. Este proyecto de clonación -continúa- "sanciona una auténtica discriminación entre los seres humanos, en virtud de su tiempo de desarrollo. De este modo, un embrión vale menos que un feto, un feto menos que un niño, un niño menos que un adulto". Se trastoca así -subraya- "el imperativo moral que impone, por el contrario, la máxima tutela y respeto precisamente de quienes no están en condiciones de defender y manifestar su dignidad intrínseca". Por último, el comunicado propone a los científicos seguir el camino de la experimentación con células estaminales de adultos, que científicamente se ha demostrado válido y que respeta la dignidad de la vida humana". |
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Ignacio Sánchez Cámara es una de las pocas voces no afónicas de nuestro columnismo, una vez más. En el diario ABC, el sábado día 24 de noviembre, en un artículo titulado Errores y mentiras, decía: "La Modernidad, entre un puñado de conquistas indiscutibles, ha conducido a muchos hombres a abrazar el absurdo prejuicio de que la religión es hija de la ignorancia y madre de la barbarie. Recordemos algunos hitos en esta senda extraviada. La ciencia destruye la religión, confundiendo a la religiosidad con su enemiga, la superstición, e ignorando los límites de la ciencia. La religión es el opio del pueblo, identificando un efecto, la producción de esperanza o consuelo, con toda la causa. Es como si redujéramos la esencia de la amistad al logro de ayuda en la adversidad. La religión es una ilusión, tomando una explicación psicológica válida en algunos casos, no en todos, por una explicación general del fenómeno. La religión reduce al hombre a la minoría de edad, escamoteando el hecho de que muchos de los más grandes hombres han sido profundamente religiosos. A todos estos elementales errores, se añade, en ocasiones, un mecanismo mental que conduce a algunos hombres a aborrecer la religión: el resentimiento contra todo lo noble y excelente por parte de quienes son incapaces de elevarse sobre el nivel del suelo. Todo esto, y algunas cosas más, explica la radical incapacidad de muchos intelectuales de nuestro tiempo para comprender la religión, y la anómala situación que ésta padece en las sociedades occidentales. A esto se añade la conspiración de silencio sobre todo lo valioso que entraña y realiza. Muchos medios de comunicación incurren, en este sentido, en grave irresponsabilidad, al contribuir a la deformación de la opinión pública. Si un Obispado aparece en el caso Gescartera, poco importa que en calidad de fraudulento aprovechado o de víctima inocente, el hecho tiene asegurada la portada y el análisis exhaustivo. Pero a casi nadie le interesa la acción social de la Iglesia, o la celebración de un Congreso sobre la familia, o la condena de la creciente degradación moral realizada por el Presidente de la Conferencia Episcopal Española. Eso no es noticia. Resaltar los errores, propios, por otra parte, de la condición humana, y minimizar los aciertos, también, sin duda, propios de la condición humana, es una manera de tergiversar la verdad e incumplir el imperativo de veracidad que debe presidir la actividad periodística. El error puede ser disculpable; la mentira, no".
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