|
|
Mira, mira que bonito!", repetía bromeando un joven invidente, peregrino hacia Covadonga para participar en el encuentro nacional que allí se celebró el pasado septiembre, junto con otros jóvenes, que se ponían a mirar totalmente despistados, lo que provocaba la franca risotada del muchacho ciego. Desde su alma llena de luz estaba viendo más que muchos de sus compañeros. A los de su cabaña, a la hora de irse a dormir, les decía: "No os importará que me levante por la noche, ¿verdad? ¡Total, como no tengo que encender la luz!" La ceguera, sin duda, es una gran limitación, pero cuando se ha conocido el Amor que rescata la vida, puede incluso ser ocasión de alegría y del humor más fino y penetrante. La única verdadera limitación, por mucho que se crea ver y por mucho que se crea tener, es la ceguera del alma.
No son halagüeños los tiempos que vivimos, en España y en el mundo entero. Y no sólo por lo ocurrido el 11 de septiembre en Nueva York y Washington, o el pasado viernes en Beasain, o cada día y en cada rincón de la tierra, a innumerables hombres, mujeres y niños que sufren injusticias y dolores mil, ni tampoco pueden considerarse halagüeños para cuantos viven en la abundancia y sin faltarles de nada, aparentemente, pero que no pueden sonreir siempre y en toda circunstancia y lugar. Podrán lanzar risotadas, pero no sonreir, y menos aún bromear, con paz y esperanza en el corazón. Hoy sobreabunda la alegría ficticia, que lo es porque no puede durar; hay que provocarla artificialmente, y acaba siendo grosera, como fruto del hastío que no puede por menos que crecer en un corazón cuyo último horizonte es la aniquilación y la muerte. |
|
"Aquí yace un cómico. Fin del primer acto": así respondió nuestro genial Tony Leblanc, cuando una vez le preguntaron qué epitafio pondría él sobre su tumba. Es el humor fino, ciertamente, de los corazones que han conocido el Amor que se escribe con H, el Humor de Dios, cuya última palabra, igual que la primera, no es el dolor y la muerte, sino el gozo, incluso en la aflicción, y la vida. Pero esto no lo ve el hombre cerrado en sí mismo, y que negando la evidencia se cree dueño y señor, en lugar de criatura radicalmente necesitada, con lo cual se dirige hacia su perdición y su muerte, por mucho que se quiera autoengañar con sus logros científicos y técnicos, olvidando su propia dignidad.
Estos días, el protagonismo de la guerra en Afganistán se ha visto compartido en los medios informativos por el de la clonación humana hecha ya realidad. No están desconectadas ambas noticias. ¿Qué horrores no pueden esperarse sino los vividos el 11 de septiembre y un día tras otro por el terrorismo que no cesa, y los de las guerras en Afganistán, en Oriente Próximo y en tantas otras partes del mundo, cuando cada día se está despreciando al ser humano desde el mismo instante de su concepción, con el sarcasmo de pretender incluso ser humanitarios? La selección de los niños para nacer -acaba de denunciar lleno de dolor el Papa Juan Pablo II- "constituye un verdadero eugenismo que conduce a una especie de anestesia de las conciencias". Anestesiados, no lloraremos, pero tampoco podremos sonreir con esperanza. Dichosos , los pobres; Quien pierde su vida , la gana para siempre. Sólo el Amor infinito podía gastar estas bromas, que paradójicamente resultan ser la verdad más profunda de la vida. "¡Cómo vamos a tener un hijo -dijo al mensajero de Dios que se lo anunciaba el padre del Bautista-, si yo soy viejo y mi mujer de avanzada edad!" ¿Acaso el Creador, que nos llena cada instante de asombro con sus obras magníficas, no puede hacer fecunda a una anciana estéril, o nacer Él mismo de una mujer virgen? ¿Acaso su Muerte no ha sido la puerta de la Resurrección? Nuestro joven amigo ciego, camino de Covadonga, resulta que ve mucho más que tantos anestesiados en su conciencia, cuyas risotadas no pueden liberarles del temor de la muerte. Él, en cambio, puede reir con gozosa libertad, porque tiene el más importante de los sentidos, el sentido del Amor, con H de humor, de Dios. |