RetrocesoA&ONº 283/29-XI-2001SumarioDesde la feContinuar
Televisión
El documental en lo alto del podio
A la televisión le ha amanecido el sol, sin nubes ni cierzo, de los reportajes. Un género maravilloso que se está abriendo hueco en la pequeña pantalla gracias a espacios espléndidos como En portada, de La 2. Un programa que no para de cosechar triunfos, premios nacionales y foráneos que reconocen su labor denunciadora (como en le caso de los niños guerrilleros de Sierra Leona) y divulgativa (como el programa dedicado a hundir el sedal en las pantanosas aguas de las guerrillas colombianas, las FARC y el ELN). Su director, Fernando de Giles, ha comentado que los premios no descansan exclusivamente en su programa, sino que son un reconocimiento "al gran reportaje en sí, el género televisivo por antonomasia".

Indiscutiblemente, la cualidad idónea de esta gran especie televisiva (así, como de bulto) es la frescura de lo mostrado. Los protagonistas son seres de carne y hueso, sufren y comen, y se desperezan y abren las puertas de sus casas al espectador, un espectador que se cuela como un insecto de la noche en las lámparas de los hogares. Incluso el cine siempre ha tenido ese afán de reportero de guerra, que cuenta lo que acaece a dos palmos de su refugio, y lamenta el humo de los cañones y la risa robada de los niños. El sol del membrillo (1992), de Víctor Erice, fue un prodigio de película-documental, en la que la cámara del director seguía con tiento perezoso al pintor español Antonio López en cada uno de sus movimientos por encontrar los colores más adecuados para un cuadro difícil. Una película con alma de reportaje, sí señor. Es lo que Passolini llamaba cine de poesía. En El sol del membrillo, el director mostraba la tarea contemplativa del artista, y así conseguía que la mirada del espectador fuera también meditativa y se dirigiera con recogimiento a los juegos de luz que realizaba el sol bailando en el membrillo.

Lo mismo ocurre en los reportajes para la televisión: el realizador tiene que conseguir en el espectador esa respuesta mirada de silenciosa penetración en lo ofrecido, con un sigilo respetuoso hacia lo que allí se apunta. Por eso, en todo reportaje es esencial un juicio profundamente humano de su creador. Es del todo irresponsable creer que el truco del reportaje consiste en colocar simplemente una cámara en su trípode y esperar a que se consuman metros de cinta. No. El director decide lo que quiere mostrar, y de su mirada dependen la de cientos de telespectadores. Hemos visto auténticos naufragios de este género artístico en historias que han buscado la exaltación y la borrachera emocional de la audiencia. Por ejemplo, pocos han sido los reportajes sobre la prostitución que no han caído en la trampa de mostrar la cruda realidad. Sin más intención que ensuciar el ambiente, pasando de puntillas sobre ese dolor, que pesa como la nieve en las aceras, de la situación de intolerable esclavitud creada, de la degradación de quien ofrece sus servicios, de la degradación del cliente, de la doble moral de quien asume sin más la situación (ya que hablamos de una profesión antiquísima), de las redes de traficantes y proxenetas, de las necesarias acciones de prevención, de la importancia de una reincorporación a la sociedad desde una profesión digna, etc.

A un reportaje se le exige un tratamiento adecuado, completo, humano; sólo así podrá estar en lo alto del podio.

Javier Alonso Sandoica