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Carmen María ImbertEra discípulo de El Greco, trabajó en su taller de los trece a los dieciséis años y su pintura fue muy apreciada por sus contemporáneos. Luis Tristán (1585-1624), también conocido como Luis de Escamilla o Luis Rodríguez Tristán, era hijo de comerciantes y artesanos toledanos. Entró a trabajar como obrador de El Greco, del que heredó las proporciones alargadas de las figuras en su pintura. Después de seis años de investigación por uno de los mejores especialistas en pintura del siglo XVII, el profesor Alfonso E. Pérez-Sanchez, director honorario del Museo del Prado, la Real Fundación de Toledo y la Fundación BBVA han editado un libro donde se recoge el análisis, no sólo de su obra pictórica, sino también los escritos de la época y documentación en torno al pintor Luis Tristán. La estrecha relación y familiaridad de El Greco y su discípulo se mantuvo hasta los últimos días del cretense. Muestra de ello es la tasación, por parte de Tristán, de uno de los últimos cuadros del maestro, la Adoración de los pastores, que se conserva en el Museo del Prado de Madrid, y en el que El Greco se retrató, como era su costumbre, dentro del misterio como el pastor en actitud de adoración al Niño. Tristán hace una tasación más bien alta en contraste con la de Diego Aguilar. En una declaración de este último se explicita esta familiaridad entre los pintores: "El cual dicho lienzo dice Luis Tristán que es de mano de Dominico Greco y que se lo vido pintar". |
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Su obra más importante es el conjunto realizado para el retablo de Yepes (Toledo), fechado en 1616, compuesto por seis escenas de la vida de Jesús y ocho medias figuras de santos. En la guerra civil se destruyeron las esculturas de santos del retablo, que se perdieron, pero los lienzos desgarrados pudieron repararse en el Museo del Prado, y se devolvieron en 1942. Del conjunto es La adoración de los pastores, compleja composición llena de animados personajes en la que destaca, en la parte superior, la movida gloria de los ángeles niños, que portan el anuncio celestial. De las pinturas de santos del retablo, destacan por su valía las que se conservan en el Museo del Prado: Santa Mónica y Magdalena. Dos figuras femeninas, una de rostro surcado de arrugas y otra de joven y encendida mirada.
En el estudio se recogen retratos de santos. Los más repetidos son san Jerónimo, san Francisco y san Pedro. Los ocho retratos de san Francisco le presentan en la misma actitud de oración siempre frente al crucifijo y la calavera. Símbolos que también se muestran en las obras a San Jerónimo, unas veces penitente y otras en su estudio. San Pedro en lágrimas fue representado en varias ocasiones, siempre de cuerpo entero, meditativo, con las piernas cruzadas y las manos sobre las rodillas. Una postura en la que claramente difiere de El Greco. Según Alfonso E. Pérez-Sánchez, en su obra, Luis Tristán "supo encontrar un tono personal que le hace perfectamente reconocible: un tono de áspera gravedad, de gamas terrosas sobre las que brillan toques de intenso colorido luminoso, de proporciones alargadas, en las que pervive algo del peculiar sentido de su maestro, y de muy intenso naturalismo en lo pormenores y en el tratamiento de la materia, iluminado todo por una luz intensísima y muy contrastada, en la que no es difícil advertir el eco -matizado por el dramatismo tintorettesco- del tenebrismo caravagiesco". Se trata de la visión completa de la obra y vida de este más que discreto artista que ofrece, quizá, una de las más intensas y expresivas interpretaciones de la España devota de tiempos de Felipe III, empapada de Contrarreforma y de su visión dramática y ascética de lo religioso. |