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Brasil es un ejemplo que ilustra claramente la necesidad de esta campaña: Hagamos del mundo la tierra de todos. En el gigante sudamericano, un 10% de los propietarios posee el 78% de la tierra cultivable. Parecía a muchos que, con la llegada al poder de Fernando Henrique Cardoso, el antaño prestigioso teórico de la dependencia, las cosas iban a cambiar, pero ni las fórmulas eran las adecuadas (repartir las riquezas, sin preocuparse apenas por la creación de nueva riqueza), ni estaban los oligarcas del país dispuestos a tolerar la más mínima broma en lo tocante a cuestionar su posición. Un total de 47 proyectos ha financiado allí Manos Unidas, casi siempre pequeños desembolsos que pretenden iniciar círculos virtuosos que contribuyan al desarrollo a medio y largo plazo. No suele haber acciones con resultados espectaculares, sino estrategias meditadas que requieren ir paso a paso. En la localidad de Passo Fundo (Río Grande), por ejemplo, se financia, con apenas dos millones de pesetas, un proyecto destinado a la capacitación técnica de 340 mujeres agricultoras. De él se beneficiarán indirectamente 304 familias, lo que significa 1.520 personas, y las técnicas que utilicen servirán de modelo para el resto de la comunidad, que se dedica principalmente, por falta de medios y de formación, a la agricultura de subsistencia, quedando, por tanto, a merced de los elementos. De ahí que el 15% de las familias de la zona vivan en situación de miseria, y el 34%, en la pobreza absoluta. |
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Pero además es preciso denunciar, sacar a relucir las injusticias, para después movilizar la mayor cantidad posible de personas y recursos, tanto en el país destinatario, en este caso Brasil, como en España, donde están los voluntarios y los donantes. Allí se fomenta el respeto a los derechos humanos. Aquí se organizaron conferencias, se editaron todo tipo de publicaciones, se visitaron colegios y universidades e incluso, coincidiendo con el Día del Ayuno Voluntario, se propuso tomar un parque en cada localidad, ilustrando la lucha del Movimiento de los sin tierra brasileño. Además se continuó trabajando en campañas de sensibilización de años anteriores, como la de Deuda externa, ¿deuda eterna?, la de Adiós a las armas, que pretende lograr una mayor transparencia en la producción y en el comercio de armas, o en la de Centroamérica: ahora es el futuro, nacida a consecuencia del huracán Mitch.
La respuesta de los españoles ha sido buena, la mejor alcanzada hasta ahora. Los donantes privados han aportado más de 6.000 millones de pesetas, un 5% más que el año anterior, a lo que habría que sumar el esfuerzo desinteresado de los 15.000 voluntarios repartidos por toda España. Esta cantidad, sumada a las subvenciones públicas, arroja un presupuesto de 7.500 millones, que ha permitido financiar cerca de 1.000 proyectos en 64 países del tercer mundo, de los que 328 han sido en África, 348 en Iberoamérica y Caribe y 271 en Asia-Oceanía. Pero la agenda de Manos Unidas nunca es del todo previsible. Las emergencias configuran inevitablemente parte de la agenda: en diciembre de 1999 las inundaciones en Venezuela provocaron 30.000 muertes, y Manos Unidas recaudó 40 millones de pesetas, con los que se atendió a los desplazados y se contribuyó a la rehabilitación del país. Poco después, en Monzambique, 1.000 personas murieron a causa de las lluvias torrenciales, y 250.000 lo perdieron todo. También Etiopía, Sierra Leona, República Democrática del Congo, Angola, Kenia y Timor han padecido situaciones de emergencia. Y también allí estuvo Manos Unidas. Ricardo Benjumea |