RetrocesoA&ONº 275/4-X-2001SumarioCriteriosContinuar
El Estado... y tú
Carta escrita en el último período de la República de Weimar:

La mayor parte de las personas ven al Estado como una cosa ajena. ¡El Estado no vive por sí mismo! Tiene raíces propias; su autoridad procede, en último término, de Dios; pero ese convencimiento se convierte en un indigno dejarse gobernar cuando lleva a olvidar que el Estado surge de las obras libres de cada individuo. Lo que cada uno hace de él, eso es lo que él es. En mí tiene sus raíces el Estado, ¡en ti!, Luis XIV dijo, con la arrogancia del monarca absoluto: "El Estado soy yo". En realidad, eso deberíamos decirlo todos. Pero debería ser una afirmación que encerrase una profunda responsabilidad. El Estado no es una cosa ya terminada y colocada ahí delante de nosotros, sino algo que está siendo hecho. ¿Y quién lo hace? No una instancia impersonal y misteriosa, sino ¡tú!

En el Estado tiene que haber un orden; de lo contrario todo se desarmaría; pero ese orden ha de estar encarnado en personalidades que sepan que no imponen sus decisiones a unos simples subordinados, sino que representan el orden estatal frente a hombres libres. Y la obediencia ha de ser prestada no por criados, sino por personalidades que tienen responsabilidad ante Dios. Puede ocurrir que el Estado oprima a los individuos. Es verdad que con frecuencia el individuo debe someterse al bien común. Pero el Estado también ha ejercido mucha violencia, también ha quebrantado derechos del individuo, también ha destruido vida. Los últimos años nos han dado amargas enseñanzas a este respecto. Pero, pese a todo, el Estado es por su auténtica naturaleza una tarea que nos ha marcado Dios, y cuando esa tarea se cumple bien, el Estado es una de las más altas creaciones de la capacidad humana.

¿Por qué carece de vigencia el Estado? Porque no la tiene en el corazón del hombre del puesto de periódicos, del hombre del café, del empresario. Cuando esa gente llega a un cargo público, no cree en él. Lo desempeña porque así tiene que ser, o por el prestigio y el sueldo.

Romano Guardini
en Cartas sobre
la formación de sí mismo

(Ed. Palabra)