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Las fuerzas del bien se ha dicho en los medios occidentales reiteradamente, desde el indecible horror, en expresión de Juan Pablo II, del pasado 11 de septiembre se disponen a enfrentarse contra las fuerzas del mal, entiéndase el terrorismo y el fundamentalismo islámico que lo sustenta. Apenas se ha alzado alguna voz ante tal afirmación. Sin embargo, cuando alguien se ha atrevido a hablar de la superioridad de la cultura del Occidente cristiano respecto al Islam, muchos han puesto el grito en el cielo, tachándolo de prepotente y racista. No han faltado respuestas mesuradas, como la de Ignacio Sánchez Cámara en ABC, manifestando que no se comprende "qué tiene que ver la afirmación de la superioridad de una civilización con el racismo. Sobre todo añade cuando las dos civilizaciones comparadas son multirraciales". Menos mesurada resulta la de Oriana Fallaci en La rabia y el orgullo, su valioso testimonio desde Nueva York, publicado por el Corriere della Sera. En su apasionada defensa de nuestra civilización, mostrando con acierto la grandeza del pueblo norteamericano frente a los horrores que ha conocido del fundamentalismo musulmán, olvida la Verdad que la originó, y que sostiene todo lo bueno, bello y verdadero que hay en el mundo.
Habla Oriana Fallaci de la grandeza que hay "detrás de nuestra civilización", y enumera "entre otros muchos" a Sócrates, Platón, Aristóteles, el esplendor de la antigua Grecia y de la antigua Roma, y cita en la lista a "aquel Cristo muerto en la cruz, que nos enseñó (y hay que tener paciencia matiza si no lo hemos aprendido) el concepto del amor y de la justicia", añadiendo a la Iglesia que "contribuyó decisivamente a la Historia del Pensamiento", no sin antes resaltar en una curiosa lectura de la Historia que "torturó y quemó..., que nos oprimió durante siglos, que durante siglos nos obligó sólo a esculpir y a pintar cristos y vírgenes". Canta las glorias del Renacimiento y, por último, de la ciencia, "que ha cambiado la faz de este planeta con la electricidad, la radio, el teléfono, la televisión " no cita, sin embargo, las monstruosidades genéticas, obra también de esta civilizada ciencia. |
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Los hijos de la Iglesia no hemos de tener reparo alguno en reconocernos pecadores, y así nos enseña a hacerlo cada día nuestra Madre; pero, antes, nos ha anunciado la Buena Noticia, de la que el pasado año hemos celebrado su dos mil aniversario, no de aquel Cristo muerto que nos enseñó, sino de Éste, muerto y resucitado, que hoy y siempre nos salva. Y Éste, no otro, es la única raíz de toda civilización auténticamente humana. ¿Qué conocimiento, y qué herencia, podríamos tener hoy de la antigua Grecia y de la antigua Roma, sin este hecho central de la Historia que, ya en el siglo II, permitió al filósofo Justino reconocer las "semillas del Verbo" en los citados Sócrates, Platón y Aristóteles? ¿Qué sabríamos de ellos sin el cuidadoso esmero con que los denostados "medievales" nos transmitieron sus obras? ¿O qué clase de esplendor pudo darse en el Renacimiento, y en la ciencia moderna, sin la Presencia del que es el "Centro del cosmos y de la Historia"? Cuando el joven rico se dirigió a Jesús llamándolo Maestro bueno, escuchó: "¿Por qué me llamas bueno? ¡Sólo Dios es bueno!" ¡Con qué facilidad se habla de las fuerzas del bien olvidando estas palabras! ¡Como si fuera posible que los buenos frutos no terminen pudriéndose arrancados de la raíz que les da la vida!
Del 26 al 28 de este mes va a celebrarse en Madrid el tercer Congreso Católicos y vida pública, que abordará los retos de la nueva sociedad de la información; ésta ha llegado a cotas tan ambiciosas que hasta pudo verse en directo, en todas las televisiones del mundo, el pasado 11 de septiembre, el horror del ataque a Nueva York. Una sociedad, sí, que se considera informadísima, pero que está desorientada y atemorizada, en la medida en que se empeña en no reconocer la Verdad, única razón de ser de todo auténtico medio de comunicación. De nada serviría este Congreso si no está en el centro de los debates porque antes lo esté en el centro de los corazones de cuantos van a participar el Único que lo es. Marginar, o reducir, en esta sociedad de la información la auténtica Noticia que ilumina y salva la vida, es condenarse a vivir en la mentira, y consecuentemente en la violencia, "vaya en vaqueros o lleve turbante", como decíamos hace dos semanas en estas mismas páginas, cuando recordábamos que precisamente el divorcio entre la fe cristiana y la vida es el mayor mal de nuestro tiempo. Ante las catástrofes de la Historia, la fe no conduce ni a la rabia, ni al odio, ni a la desesperación. Conduce a la conversión. Vivimos en una sociedad mediática, y por eso es tan necesario recordar que los medios son nada más que medios, y ¡nada menos! ¡Son un camino!, pero ¿de qué sirve si no transita por él la verdad ni conduce a la vida? He ahí el gran reto que este Congreso quiere plantear. |