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La verdad es que el derrumbe de la ideología comunista alcanza a la izquierda europea más allá de los partidos comunistas. Redescubriendo, como si hubieran nacido ayer, los derechos del hombre y el mercado, términos contradictorios de la ecuación liberal, la caída de la ideología comunista pone en tela de juicio el fondo mismo de lo que en los últimos dos años ha sido el mesianismo revolucionario: el sentido del progreso (¿qué es la Historia, si el capitalismo es la etapa que sucede al comunismo?), y también la esperanza de superar el capitalismo en nombre de una sociedad de productores liberados de la economía de mercado.No sólo el revisionismo marxista, ejercicio privilegiado de los intelectuales, se encuentra con que ha sido privado de su fundamento; también la idea misma de una tercera vía, de una sociedad en condiciones de evitar las maldiciones del capitalismo y del comunismo, se ha vuelto casi imposible siquiera de pensar. |
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Naturalmente hay una manera fácil de salir del callejón sin salida, y consiste en afirmar que, si la ideología comunista muere, en el fondo tampoco el capitalismo está demasiado bien, porque ninguna sociedad contemporánea se abandona ya completamente a los riegos del mercado. Pero es una falsa salida que no engaña a nadie. El liberalismo no es una receta para hacer caminar hacia delante las economías modernas, es una filosofía del hombre que nace bastante antes de la señora Thatcher o de Michel Balladur; es una filosofía dotada de carácter ambiguo y de muchas contradicciones, sobre las cuales han reflexionado los más grandes pensadores de Europa, de Hobbes a Marx, pasando por Locke, Montesquieu, Rousseau y Tocqueville, por citar sólo a los mayores.
El capitalismo y la democracia son los dos destinos del individuo moderno, por el hecho de serlo. La ideología comunista, que Marx había creído se basaba en la ciencia de la Historia, se proponía como objetivo separar esos dos destinos, y realizar la verdadera democracia con la abolición del capitalismo. Sin embargo, nosotros hoy, a finales del siglo XX, estamos redescubriendo que esos dos destinos, sostenidos conjuntamente por la modernidad, son inseparables: la libertad, de hecho, no existe sin el mercado; tanto es así, que cuantos pretendían escapar a esta dura ley se han encontrado con la catástrofe política y económica. Por ello estamos todos obligados a abandonar la utopía socialista en su aspecto más radical, puesto que la ambición de instaurar una sociedad sin clases se ha probado carente de fundamento. CRISTIANISMO Y DEMOCRACIA Así, todos nosotros volvemos a la ecuación liberal, desde el momento en que todas las sociedades contemporáneas, las del este, las del oeste o del sur, deben gestionar divergencias de opinión y conflictos de intereses. Desde este punto de vista, la socialdemocracia, por ejemplo, es sólo un modo particular de gestión del pluralismo liberal, como han demostrado recientemente Manin y Bergouniox. Escribirlo no significa hacer apología del capitalismo, sino reconocer la ambigua universalidad del mundo en que vivimos, que erróneamente creímos haber superado. Desde Praga y Varsovia y, por tanto, desde Moscú, la economía de mercado se repropone junto con los derechos del hombre, derechos rodeados, gracias a la tiranía comunista, del inesperado prestigio de un beneplácito social. El tiempo contribuirá a diluir este parecer, para pasar a enseñar de nuevo, a las opiniones públicas de esos países, que la crítica del capitalismo es tan vieja como la economía capitalista, y que está presente en todos los grandes autores liberales de los siglos XVIII y XIX. |
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Pero los intelectuales occidentales se encuentran en la situación opuesta: no tienen necesidad de impugnar la idealización del mercado; dormidos en los laureles, deben sólo redescubrir la necesidad, buscando definir cuál es el mejor uso. Sin libertad para producir no existe productividad en la economía: incluso aunque esto no implique que el reparto de los bienes producidos deba acontecer a través del mercado como único intermediario: ninguna sociedad democrática puede funcionar, empezando por la más capitalista de todas, los Estados Unidos de América, si no dispone de una amplia red de redistribución social. Pero ninguna sociedad democrática puede consentir un incremento indefinido del Estado en detrimento de la libertad, de la iniciativa y, por tanto, del civismo de sus miembros.
A corto plazo, la caída de los regímenes del este debería coincidir con una transformación del debate político: ¿para qué sirve invocar ciertos principios metafísicos cuando no existe ni una sociedad puramente socialista ni una sociedad puramente liberal en sentido estricto, económico, del término? Quienes se lamentan del desierto de la escena pública son a menudo los mismos que, con su propia indiferencia al cambio, hacen la mayor contribución a la indiferencia de la opinión pública. No hay una fatalidad en el hecho de que los ciudadanos modernos deban escoger entre ocuparse de los asuntos propios, o militar por ideas absurdas. Es necesario evitar aprisionarlos en una alternativa como ésta. A más largo plazo si fuese corto sería mejor, el fin de la ideología comunista nos obliga a todos nosotros a reexaminar en profundidad la cultura política de la que Europa vive de doscientos años a esta parte. Hoy más que nunca la ideología democrática es nuestra norma, pero precisamente por esto se ha encontrado con que ha producido ella misma un cataclismo en su aniversario. ¿Cómo podremos hacer para salir adelante y seguir siendo nosotros mismos, cuando todo se ha movido a nuestro alrededor, y nosotros mismos descubrimos paisajes medio en ruinas, mientras la idea originaria brilla hoy más que nunca? Las relaciones entre cristianismo y democracia, entre la República y el progreso, la relación entre los ciudadanos y el Estado, la dialéctica de los derechos formales y los derechos sociales, la agresividad del hombre moderno en el trato con la naturaleza: es larga la lista de los grandes problemas que en el futuro no podrán ser abordados como se hacía en el pasado. Para quien quisiera reflexionar sobre ellos, hay todavía mucho que hacer. François Furet |