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A Pakistán, Bangladesh o Indonesia llegan noticias confusas: tres aviones de pasajeros se han estrellado contra las Torres gemelas, en Nueva York, y contra el Pentágono. Dicen que, en represalia, los EE.UU. van a bombardear Afganistán. Quizá éste sea sólo el principio de una gran ofensiva del Gran Satán contra el Islam, de una ofensiva de los blancos occidentales, que ya les han robado todo, y ahora quieren arrebatarles la fe y la vida. Seguramente están detrás de todo ello el lobby judío estadounidense y el Mossad, el servicio secreto israelí, para provocar precisamente una reacción violenta de los americanos contra el mundo del Islam... Todo lo que uno quiera imaginarse tiene sentido, si lo dice alguien con el suficiente prestigio.
Los ancianos cuenta el padre javeriano Benjamín Gómez son quienes tienen realmente el poder en el Asia rural musulmana, y su poder de movilización aumenta en situaciones de inestabilidad. Basta con que uno dé la orden desde su casa, para que cientos de personas se pongan en movimiento en unos pocos minutos, al grito de Ala Akbar. Los niños, que corretean constantemente por las calles y los arrozales, sirven de correa de transmisión. E inmediatamente, "como salida de un hormiguero", una masa hostil se concentra delante de una escuela donde alguien ha dicho que hay cristianos, aunque los estudiantes musulmanes sean mayoría aplastante. Hay miedo en la gente. "Es una reacción ante un peligro difuso que se intuye. Y ante el miedo, quieren demostrar que son población: Aunque nos robemos y nos traicionemos, también nos ayudamos". Pero éste es sólo uno entre muchos posibles enfoques del problema: "El pueblo afgano está engañado; el pueblo paquistaní está engañado; el pueblo de Bangladesh está engañado. Los imanes y los ulemas les quitan la dignidad. Porque cuando un porcentaje tan grande de la población es analfabeta, al pueblo se le engaña fácilmente". El 55% de los paquistaníes, el 60% de los bengalíes y el 70% de los afganos mayores de 15 años son analfabetos. Y muy pobres. Éste es el caldo de cultivo del fanatismo. Y si algo no tolera el fanatismo es la presencia del otro, sea cristiano, budista o hinduista. |
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La detención, en agosto, de los ocho cooperantes extranjeros y de los 14 empleados afganos responde a una estrategia común al integrismo islámico, que, cuando está en la oposición, busca legitimarse ante las masas desposeídas a través de la asistencia social que los Gobiernos no tienen capacidad para financiar. Ahora, casi 10 años después de su llegada al poder, los talibán quieren acabar con todo reducto de presencia caritativa cristiana y occidental. En el futuro, quienes quieran establecerse en el país deberán someterse a una estricta vigilancia por parte del régimen, que controlará sus finanzas y designará al personal local.
La estrategia va acompañada de violencia hacia las minorías religiosas. Los talibán prohibieron a los no musulmanes la libertad de reunión, y varias personas han muerto en campos de refugiados por profesar abiertamente su fe en Cristo. Pakistán y Bangladesh, condenados por necesidad económica a ser aliados de EE.UU., no han ido tan lejos, pero sí asisten a una creciente islamización que mira con recelo a los misioneros y que ha convertido a algo más de 2 millones de cristianos, la mayoría católicos, en ciudadanos de segunda clase. Estos cristianos han sido víctimas en los últimos años de diversos atentados, y temen, en el actual clima de pre-guerra civil, azuzado por grupos integristas como Jamiat-e-Ulema-e-Islami, dispuestos a utilizar el conflicto en Afganistán como catapulta al poder, convertirse en uno de los primeros blancos. Y, sin embargo, la Iglesia debe permanecer, dice el padre Gómez, que dirigirá a partir de junio el National Social and Cathechetical Training Center de Bangladesh, uno de los referentes de la Iglesia en el subcontinente indio y centro impulsor del diálogo interreligioso, "una necesidad ineludible en la región". De hecho, "hay muchísimos musulmanes que no sucumben a la hostilidad y que, cuando las cosas se ponen difíciles, te ofrecen su casa para que te escondas hasta que pase el vendaval". La Hermana Dolores Rodríguez, franciscana misionera de María, confirma con su testimonio estas palabras. Ella estuvo 32 años en Pakistán. De ahí su asombro cuando lee ahora los periódicos: "¡Es todo tan distinto de lo que yo he vivido! Eran una gente pacífica, muy acogedora, amable. Eso sí: no les toques el Corán". Incluso a uno de los hospitales que administra la Orden, bajaban con frecuencia los guerrilleros afganos, hoy en el poder, y ella misma cruzó alguna vez la frontera: "Lo que vi son tribus nómadas, muy pobres. No comprendo lo que pasa ahora. Quizá porque los occidentales les hemos hecho sufrir mucho, y la venganza, el ojo por ojo, es algo que está muy presente en su cultura". Pero, aunque miles de musulmanes se han beneficiado en la región de la caridad cristiana, el principal cometido de los religiosos es velar por los católicos que viven en la diáspora y despojados de derechos. Casi todo el clero es hoy local, aumenta el número de vocaciones y la Iglesia es joven y pujante, pero los cristianos deben enfrentarse a un entorno hostil. Se ha convertido en una práctica habitual adoptar en el bautismo, además del nombre cristiano, otro musulmán, para evitar las discriminaciones. Y muchos han tenido que mudarse. La tensión alcanzó los picos máximos tras el ataque contra Irak y las represalias estadounidenses contra Sudán y Afganistán, después de los atentados contra sus embajadas en Kenia y Tanzania. Ahora los cristianos temen que pueda ser mucho peor. Ricardo Benjumea |