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Rodero, Bódalo, Merlo, Prendes y Lemos, Osinaga, Alexaindre, Rafael Alonso, Sancho Gracia, Antonio Casal y Jesús Puente, y también Henry Fonda, George Scott, Jack Lemon y Lumet, que, hace treinta años, demostraron, con éxito, su mejor saber hacer y su profesionalidad admirable llevando a los platós de televisión y de cine esta genial creación de Reginald Rose, se sentirían orgullosos si pudieran aplaudir la recreación que de Doce hombres sin piedad hace, sobre las tablas del madrileño Teatro Fígaro, un elenco verdaderamente insuperable de actores españoles. Solamente Fernando Delgado queda de aquel reparto inolvidable que Gustavo Pérez Puig dirigió, con su ya precoz maestría, en Estudio 1, y a fe que borda su papel. Con él, un auténtico lujo de veteranos de nuestra escena: Pablo Sanz, Conrado San Martín, Manuel Zarzo, José María Escuer y Juan José Otegui. A su lado, y rayando a no menor altura escénica, representantes admirables de las nuevas generaciones de actores españoles: José Pedro Carrión, Tony Isbert, Alberto Delgado, Juan Gea, Alfredo Alba, Enrique Simón y Paco Paredes.
Todos los matices de la grandeza y de la miseria de la condición humana desfilan, en tiempo real, al ritmo que marcan las agujas del reloj de la sala donde un Jurado, por unanimidad, ha de debatir y dilucidar sobre un asesinato, y acaban dictaminando lo contrario de lo que se proponían al comenzar. Desde que la deliberación comienza, a telón abierto, hasta que, lógicamente sin descanso intermedio, cae el telón, el espectador sigue la acción sin toser ni pestañear siquiera, y clamorosas ovaciones y bravos acogen el final, especialmente nutridos y fuertes por parte de los jóvenes espectadores que hasta ahora no habían podido conocer la obra. Nada tiene de extraño que Fernán Gómez haya querido prestar su prestigiosa voz en off, ni que Pérez Puig aporte su siempre sabia colaboración. Es un espectáculo prodigioso, con una dirección de García Moreno y una versión española de Nacho Artime realmente impecables. Para culpar de algo a alguien hay que estar seguro. Si existe la menor duda razonable, entonces es inocente. Siempre. SÍ , PERO NO Ni el Madrid actual es la Nueva York de los años 50, ni un Rodríguez del verano madrileño es un americano, ni, desde luego, Verónica Forqué es Billy Wilder; pero aun así, ha tenido la loable osadía de asumir la dirección escénica y la adaptación de nada menos que La tentación vive arriba, la triste-alegre, agridulce y desinhibida comedieta de George Axelrod. Antonio Molero, con su naturalidad y el más que recurrente reclamo sexy de Tony Acosta y Eva Isanta hacen que, aunque de fondo se oiga, insoportable, el permanente chun chun de la discoteca vecina, el público llene el Teatro Real Cinema y se ría. Pero Marilyn era Marilyn, y el perfume sutil e inteligente de Billy Wilder es difícil, muy difícil de recrear. Por no decir imposible. M.A.V. |