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A Nanni Moretti le llaman el Woody Allen italiano. Muchos, como al director de Manhattan, no le soportan. Él se vende como un cómico de izquierda sesentayochista cuyas películas quieren hacer reír a toda la intelectualidad europea. El simpático ególatra postcristiano ya sólo comparte con Rossellini y Pasolini el idioma de Dante. Cuando presentó en el último Festival de Cannes su última película, la predisposición de los espectadores era clara: veremos otra comedia fresca, egocéntrica, enfatizada y obsesiva, burguesa, políticamente correcta y progresista, rabiosamente antiberlusconi. Tras encenderse las luces de sala, finalizada la proyección en la Croissete, el público tenía los ojos húmedos. Había llorado. Es La habitación del hijo. Ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes.
La historia cuenta, más bien describe, la vida de una familia normal: matrimonio y dos hijos adolescentes, chico y chica. Todo es cotidiano, aparentemente anodino. El chico tiene sus problemas escolares, la hija se entrega al baloncesto, y los padres trabajan. Él Moretti es psicoanalista. Conocemos a sus pacientes y le vemos familiarizado con el dolor ajeno. Un día su hijo Andrea tiene un accidente y muere. A partir de entonces, la cámara se instala silenciosamente en la vida de esa familia destrozada y simplemente nos muestra lo que pasa, como aquella pena observada de C.S. Lewis, que el cine llamó Tierras de penumbra. En La habitación del hijo no hay tesis, ni resentimiento, no hay mensaje, ni desenlace curativo y redentor. Tampoco encontramos ideología, afortunadamente. Sólo un intelectual ateo tratando de vivir la muerte de su hijo. "Yo no soy creyente, y para mí, cuando se cierra el ataúd es realmente el final", declara sin esperanza el realizador. Un día la hermana del chaval fallecido pide a sus padres encargar una misa por él. Los padres, desconcertados, asienten. Son muchos siglos de catolicismo como para no consentir una misa ante la muerte de un hijo. El cura, no muy entusiasta, dice una verdad pronunciada por Jesús: "Estad vigilantes, pues no sabéis el día ni la hora". Giovanni, el padre, se rebela. Se indigna. ¿Quiere entender? ¿Qué significan esas palabras de Cristo? No lo sabe, pero en principio no las desprecia, tiene un ímpetu de medirse con ellas. Es una posición inicial correcta, que decae por la fuerza del nihilismo ambiental, más poderoso que nunca. El matrimonio empieza a vivir distanciamiento, soledad, reproches, desmotivación laboral..., pero sin exageraciones ni extremismos. Hasta que aparece la ignota novia del hijo. Para la familia es una provocación inesperada a la que no saben cómo hacer frente. Descubren que, abriendo su corazón a la acogida generosa, el dolor se hace más diáfano y atravesable. A Moretti hay que agradecerle varias cosas: que haga un film sincero, sin tics ideológicos; que hable del dolor sin moralinas ni salidas fáciles; que no censure la necesidad de un significado para la vida, algo que sin quererlo está en los poros de todo el film, y, por último, que ponga de manifiesto la absoluta incapacidad de nuestra sociedad para dar respuestas reales al misterio de la vida y de la muerte. Juan Orellana |