RetrocesoA&ONº 275/4-X-2001SumarioDesde la feContinuar
Punto de Vista
Más odio, la bilis,
don Pedro y don Ascensión
Es triste; pero de nuevo hemos de mencionar el odio. Sólo su acumulación explica el bestial atentado de Nueva York y Washington que encabeza la primera guerra del siglo XXI, según el Presidente Bush, que con razón ha jurado castigar a los culpables. Nada más diré sobre este drama, ya muy comentado pero al que es obligado aludir, sobre todo para unirnos a las oraciones que, con admirable presteza, elevó al cielo el cardenal Rouco desde la catedral de la Almudena.

Es mortífero el odio en el seno de esa minoría musulmana, fundamentalista y fanática, merecedora de ser llamada con la vieja palabra de una secta árabe del siglo XX: los asesinos. Pasará algún tiempo, en el que recibirán duras lecciones, antes de que dejen de asesinar algunos seguidores del Islam, ese monoteísmo llegado a la tierra siete siglos después del cristianismo; y no olvidemos, con humildad, que en esta Europa de cristianos viejos todavía brotan los frutos del odio. El señor cardenal ha recordado que nuestros etarras coinciden con estos bárbaros en creerse, falsamente, "dioses, dueños y señores de la vida de sus prójimos".

Alguna vez, aflora el odio allá donde más se debería ser prohibido: en los grandes medios informativos. En su columna de El País lo probó (20-VIII-2001) un comentarista al que no mencionaremos, pero al que los muchos años aumentan la carga de bilis. Las debilidades de un prelado africano que, por fin, volvió al buen camino le sirvieron para llamar estúpidos a Bush y al Papa; no contento con el insulto añadió esta lapidaria sentencia: "Lo demás aparece como un agonía del catolicismo: un signo más del derrumbe de esta anomalía que ha deformado la moral humana durante siglos". Ahí queda eso…, que, por cierto, no ha motivado la menor respuesta del teólogo seglar que oficia de sumo exégeta de la fe en las páginas de ese mismo periódico. Justo es reconocer, sin embargo, que su colorín dominical, EPS, había dado antes (29-VII-2001) a esa bazofia una hermosa réplica indirecta: el reportaje de don Ignacio Carrión sobre un joven sacerdote que, en las montañas de Cantabria, atiende con fervor y alegría once parroquias "a cambio de 80.000 pesetas al mes". Claro está: no es a cambio porque en otro oficio ganaría más pesetas…, pero menos felicidad. Ese buen párroco de tantos pueblos y aldeas y los muchos fieles de todas las edades que le acogen y ayudan ignoran lo que el bilioso ha decidido en su infinita pedantería: que "la era del poscristianismo (sic)… se cerró a principios del siglo XX".

Muy lejos de nosotros, y sin conocer al bilioso carcamal, don Ascensión añadió a la de don Pedro su propia respuesta, pues el día 30 del mismo agosto, el diario Los Angeles Times (cuyo nombre algo tiene que ver con el poscristianismo) nos contó una historia tierna y divertida: una furgoneta blindada que transportaba dinero para un banco tuvo la desdicha de que se abriese la portezuela trasera y de que cayese al suelo una saca llena de billetes, sin que sus ocupantes lo advirtieran; ocurrió de noche en el centro de Los Angeles, ante una parada de autobús en la que sólo esperaba un pasajero, Ascención Franco González, inmigrante mexicano de 22 años y sin papeles que se ganaba la vida lavando platos en un restaurante. Le ponemos el don porque se lo ha merecido.

Cada uno hizo sus cuentas: los propietarios del dinero vieron que habían perdido 203.000 dólares en billetes; don Ascensión supo por la tele que esa suma, equivalente a casi cuarenta millones de nuestras pesetas, le podría resolver sus problemas materiales para toda la vida. Pero también supo lo que debía hacer: devolverla sin tocarla. Así que llamó a la policía, que contó los fajos y comprobó que no faltaba ninguno. Le van a pagar una sabrosa recompensa (25.000 $US)…, aunque tendrá que ser en metálico, porque los inmigrantes ilegales no pueden abrir una cuenta bancaria. La policía dijo luego: "Nos cuesta trabajo creer que en estos tiempos haya alguien bastante honesto como para devolver 203.000 dólares. Su honor, el más alto al que cualquiera puede aspirar, al de cualquier otra persona".

¿Por qué actuó así don Ascensión? Él lo ha dicho, sencillamente: "He sido educado en el estado de Hidalgo, en una honrada familia católica". Y a eso llamamos moral humana los que, como este inmigrante pobre de 22 años, no padecemos ningún exceso biliar desde un catolicismo que entró con fuerza en su tercer milenio.

Carlos Robles Piquer