RetrocesoA&ONº 275/4-X-2001SumarioEl Día del SeñorContinuar
XXVII Domingo del tiempo ordinario
Creer no es sentarse a esperar
La parábola del siervo que llega del campo puede parecer antisocial. Supone —dirá alguno— una concepción humillante del servicio y el siervo, digna de rechazo por cualquier organización social o sindical. Pero quien así piensa puede estar seguro de que no ha entendido la parábola, o que se ha quedado en lo accidental.

Con esta parábola —que aparece en la segunda parte del Evangelio de este domingo— Jesús quiere decir, a mi entender, que el buen siervo de Dios nunca se presenta ante Él con exigencias; y para ello supone Cristo que todos somos siervos de Dios: delante de Él, nadie podrá presumir de haber hecho más de lo que debe. Ciertamente en la Biblia y todo el Antiguo Oriente, siervo no es siempre un título humillante. Al contrario, los primeros cristianos daban a Jesucristo el título de siervo de Dios, un título tomado del Antiguo Testamento con el que expresaban lo que significó la obra de Jesús: su anonadamiento hasta la muerte y muerte de cruz. El ideal humano del buen siervo es el que toma Jesús como modelo para describir la actitud del hombre ante Dios. Esta parábola del siervo que llega del campo está unida al pasaje anterior, donde los apóstoles piden a Jesús aumento de fe. En ella Cristo se dirige no a los discípulos, sino a sus adversarios. Trata de desarraigar del hombre el fundamento de toda suficiencia farisaica, que es en la mente de Jesús el mayor de los obstáculos para entrar en el Reino. Desde lo más noble de nosotros hasta Dios hay —en el mejor de los casos— un abismo, que sólo la ternura y compasión de Dios puede salvar.

Jesús a sus discípulos no nos pide actitudes serviles y humillantes: creer no es sentarse a esperar hasta que venga el Señor y nos sirva con su gracia, sino que la fe obtiene su inconcebible eficacia (arrancar el árbol de raíz y trasplantarlo al mar) en el servicio al Señor, que se ha convertido en el servidor de todos nosotros y que no puede soportar que nos dejemos servir por Él sin hacer nosotros nada (sola fides), sino que considera natural que sirvamos junto a Él. Como Él ha hecho ya todo por nosotros, la única manera de salvarnos correctamente a nosotros mismos es la que el propio Señor nos recomendó: "Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer".

+ Braulio Rodríguez Plaza,
Obispo de Salamanca