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J. C. RomaEl Pontífice ofreció una original respuesta: el obispo debe ser profeta del amor de Dios en un mundo consumista y hedonista. "Es el camino de la pobreza el que nos permitirá transmitir a nuestros contemporáneos los frutos de la salvación", aseguró. "Como obispos estamos llamados, por lo tanto, a ser pobres al servicio del Evangelio; a ser servidores de la Palabra revelada, que en caso necesario elevan la voz en defensa de los últimos; a ser profetas que ponen de manifiesto con coraje los pecados sociales vinculados al consumismo, al hedonismo, a una economía que produce una inaceptable distancia entre lujo y miseria, entre pocos malos e innumerables Lázaros condenados a la miseria". "Para que la voz de los pastores sea creíble insistió el Papa, es necesario que ellos mismos den prueba de una conducta distanciada de intereses privados y solícita hacia los más débiles. Es necesario que sean ejemplo para la comunidad a ellos confiada, enseñando y sosteniendo ese conjunto de principios de solidaridad y de justicia social que forman la doctrina social de la Iglesia". |
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En estos momentos el Sínodo viaja a velocidad de crucero. Abrió las discusiones el cardenal Edward Michael Egan, arzobispo de Nueva York, quien, en la Relación introductiva, resumió el perfil del obispo con tres verbos: educar, santificar, gobernar.
Insistió particularmente en el deber de todo obispo de garantizar la enseñanza original de la fe, haciéndose aliado de los catequistas, de los profesores de Religión en las escuelas, de los sacerdotes y particularmente de los padres de familia. Por lo que se refiere a la función de santificación, planteó la necesidad de una cuestión fundamental: "Asegurar que las liturgias en nuestras iglesias y capillas se desarrollen en sintonía con las normas y prácticas de la Iglesia y sean llevadas a cabo según el espíritu de una verdadera devoción". Por último, al afrontar la función de pastor que tiene todo obispo, subrayó el nuevo contexto actual: la globalización. Este nuevo escenario constató, es una arma de doble filo que plantea dos grandes desafíos. Ante todo, la globalización de la solidaridad, que constituye un llamamiento a ver a Dios, que "está a menudo escondido detrás de la figura del extranjero" y "pide ser alimentado, vestido y acogido". Esta defensa de los débiles se hace hoy dramática en la situación de los no nacidos, o de los abandonados tentados por la eutanasia. En segundo lugar, la globalización, hecho de candente importancia, es un desafío que implica "conocimiento y simpatía de los valores y creencias" de otros credos, así como el anuncio claro y atractivo de la fe católica. Desde el lunes pasado, y hasta el próximo miércoles, 10 de octubre, siguen teniendo lugar en el aula sinodal intervenciones de ocho minutos de los participantes. Después, los padres sinodales comenzarán a reunirse en grupos de trabajo lingüísticos para comenzar a elaborar las propuestas concretas que este Sínodo ofrecerá, y que Juan Pablo II recogerá después en la exhortación postsinodal. |