RetrocesoA&ONº 276/11-X-2001SumarioAqui y ahoraContinuar
Ver, oír... y contarlo
La idolatría del utilitarismo
José Francisco Serrano
pserrano@planalfa.es

Nos hemos despertado del sueño de la razón, que sigue produciendo monstruos, con los infames sonidos de los misiles sobre un territorio, un tiempo y una época. Lo fundamental siempre es salvar al hombre. Sería preferible que nadie nos hiciera elegir entre Romano Guardini y Robert Musil. Porque el problema de ésta, y de todas las guerras, es el cimiento sobre el que se ha construído el hombre. Romano Guardini afirma, en los últimos párrafos de su obra La existencia del cristiano, que "el fundamento más profundo de la autoestima del hombre radica en el hecho de mostrar reverencia a quien es más que él. El titanismo cree que a él se debe la verdadera grandeza del hombre; para los griegos, en cambio, Prometeo no fue un conquistador del cielo, sino un rebelde. Sólo la Edad Moderna lo convirtió en modelo de valor humano, para apoderarse de lo más alto. En la medida en que el hombre reivindicó para sí lo que él era, renunció a lo que en realidad es. Prueba de ello es la profunda insatisfacción, el fondo de mala conciencia que acecha detrás de todo el progreso, el dominio del mundo, la propia gloria. Lo más íntimo que hay en el hombre protesta contra la falsedad, aunque sólo sea bajo la forma de una nueva violencia".

La otra cara de la moneda: Isidoro Reguera. En el suplemento cultural de El País, Babelia, el pasado sábado, glosa la obra de Musil, su Hombre sin atributos. Leemos: "Comienza el siglo XXI con tensiones parecidas, justamente en estos días en que vuelve a recordarse la obra capital de Musil, El hombre sin atributos. El individuo despierto de hoy, el que no duerme algún sueño dogmático, tras el despabilo nihilista de hace un siglo sigue sin identidad, sin condición y sin patria, porque ha perdido el paraíso que nunca existió o una esencia que nunca tuvo. Sigue y seguirá vacío, sin atributos, propiedades o cualidades en que fundar con sus semejantes un nuevo orden, digamos posmoderno. Sospechando que ya no es posible ni deseable establecer ninguno al uso. Como Musil, que siente el resquemor del vacío sólo como una añoranza mística de otro estado de verdad, de una nueva moral. Provisional siempre y más allá de todas. Porque las que hay y ha habido son peligrosas. Los dioses, los credos de cualquier tipo, los atributos de orden del hombre, degeneran por lo común en una belicosidad infame. Hasta ahora la moral era estática. Carácter estable, ley establecida, ideales. En el presente, moral dinámica. Así sería la ley fundamental de esa otra condición, no dogmática, no cualitativa, no instalada, no ilusoria, no irracionalmente agresiva, y parece que imposible, del hombre. Cuando se dice que en los momentos en que estalla una guerra entran en juego sugestiones de masas, ese estallido hay que entenderlo sólo como la explosión de un orden del que se han desatendido sus incómodas tensiones. Ese impulso explosivo con el que el ser humano se libera y —volando en el aire— se encuentra con sus semejantes, es el rechazo de la vida burguesa, la voluntad de desorden mejor que del viejo orden, el salto a la aventura, póngasele el apelativo moral que le se ponga, escribía Musil en 1921, lleno de todos los genios y demonios de su generación. Con el mismo ánimo con el que hacía balance un año después: La guerra actuó más bien carnavalesca que dionisiacamente, y la revolución se ha parlamentarizado".

La superación de los sinsentidos, y la culminación del sentido, queda muy bien retratada en la columna que Josep Miró i Ardèvol publicó, el lunes 8 de octubre, en el diario catalán La Vanguardia, con el título Enseñanzas tras la catástrofe. Dice así refiriéndose a los fundamentos sobre los que construir la nueva civilización después del 11 de septiembre: "El segundo se refiere a la razón moral. La mayoría de opiniones formuladas a lo largo de estos días buscan, en lo que critican o afirman, una razón moral. Plantean la necesidad de diferenciar un bien —el que proponen— de un mal —al que rechazan—. Sitúan la política en el terreno de los fines, no en el de los medios. Éste es un cambio radical sobre el que deseo llamar la atención. Porque la pretensión de la razón moral, la diferenciación del bien y el mal, es lo que precisamente no rige en la política cotidiana ni en el razonamiento habitual de las gentes. Lo que impera no es el fin, sino la utilidad. Un acto es bueno no tanto por el fin que persigue, como por si es útil. Buena parte de la política se levanta sobre esta idolatría del utilitarismo.

La blasfemia del 11 de septiembre —asesinar en nombre de Dios— nos está ayudando a recuperar algo que se había perdido: la naturaleza moral del acto político".