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Os veo los más respetuosos de la divinidad les decía Pablo a los atenienses en su Areópago, el más genuino símbolo de la sabiduría del mundo, en los comienzos del cristianismo. Al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados, he encontrado también un altar en el que estaba grabada esta inscripción: Al Dios desconocido. Pues bien, a quien adoráis sin conocer, a ése os vengo yo a anunciar". Un resquicio encontró el Apóstol de Cristo para anunciarlo en Atenas. La cultura que hoy domina en el mundo no parece dejar resquicio alguno: ya no hay sitio para dioses desconocidos. Hoy se los conoce a todos; cada uno tiene el suyo, y en la generosa tolerancia de una cultura globalizada a todos se les da la palabra..., menos al que es la Palabra misma. A Él también se le cree conocer, y en lugar de escucharle y de seguirle, se le interpreta y se le reduce a los límites de un corazón endurecido por la autosuficiencia.No hay mayor obstáculo para conocer algo que creer que ya se conoce. La apertura de los atenienses al dios desconocido hoy ya no parece existir, por mucho que se califique de abiertas a nuestras sociedades occidentales. Una vez comenzadas las operaciones militares contra Ben Laden y el régimen de los talibán, en respuesta al atroz atentado contra los Estados Unidos, se ha podido leer en la prensa que, "de un lado, está la sociedad abierta; de otro, el totalitarismo fundamentalista". ¿Se puede de veras dividir así el mundo de hoy? Basta contemplar la foto de esta página para comprobar lo más verdadero de todo ser humano, lleve la cara abierta o tapada con el burka. ¿Qué clase de apertura es la de un mundo que, de hecho, cuenta sólo con sus fuerzas? ¡A lo sumo, Dios ayuda! Es verdad que la totalidad del llamado fundamentalismo religioso nada tiene que ver con la religión verdadera, pero ¿acaso Dios es un ayudante? San Pablo nos recuerda que "Dios es todo en todo", que "en Él vivimos, nos movemos y existimos", ¡pero no como una afirmación que brota de sí mismo, sino como fruto de su encuentro con Cristo resucitado, vivo y que habita en su Iglesia, a Quien se le puede escuchar y seguir! Cuando les habló de este Cristo, los atenienses, salvo unos pocos, se burlaron y le dieron de lado: "Te oiremos hablar de esto otra vez". Más allá de lo que ellos podían controlar no estaban dispuestos a abrirse. ¿No sucede hoy lo mismo? La oración, un problema político es el título de un libro extraordinariamente lúcido del cardenal Daniélou, escrito precisamente en el mítico 1968. A primera vista resulta escandaloso poner en relación los términos oración y política, y más aún en tiempos de fanatismos religiosos. Sin embargo, nada tiene que ver tanto con la auténtica política como la oración y todo lo que ella significa: abrir la vida entera al don de Dios, el único que puede hacernos auténticamente humanos. Olvidarlo no puede menos que llevar al hombre al peor de los encierros, por mucho que hable de sociedades abiertas. Y, por mucho que invoque a Dios, no podrá escucharse más que a sí mismo. No puede invocarse la religión ha dicho lleno de realismo Juan Pablo II como pretexto para la guerra. "La verdadera religiosidad ha escrito certeramente Ignacio Sánchez Cámara en ABC es enemiga del fanatismo. A éste conduce no la religión, sino su perversión". Pero no sólo pervierten la religión los talibán. La pervierte todo aquel que separa la oración, su radical dependencia de Dios, de la vida, incluida la política. Con acierto también dice Sánchez Cámara que "lo que separa a los hombres no es la religión, sino la superstición y el fanatismo". Habría que añadir que no son pequeño fanatismo ni pequeña superstición los del civilizado Occidente que sólo se escucha a sí mismo. Todos conocemos la progresiva difusión de adivinos y nigromantes allí donde más progresa la llamada civilización. Nada tiene de extraño que progrese igualmente la división y los enfrentamientos de todo tipo, muy civilizados, eso sí. En definitiva, Babel. La alternativa no es otra que Pentecostés. Hoy la Iglesia entera, reunida en Roma en las personas de los sucesores de los Apóstoles, como en su nacimiento en Jerusalén, está en oración, implorando el don del Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo, enviado del Padre de todos, la única fuerza real que cambia el corazón de piedra en corazón de carne, y "renueva la faz de la tierra". Todo lo demás, si no nace de aquí, por muchas batallas que se ganen, serán armas, usando el sabio lenguaje de san Ignacio de Loyola, en manos del "Enemigo de natura humana". |