RetrocesoA&ONº 276/11-X-2001SumarioDesde la feContinuar
El silencio prostituido
"Silencio sobre Dios, incluso entre los cristianos". Partiendo de esta demoladora afirmación
de Jean Guitton, la psicóloga Patricia de Urcelay hace una reflexión acerca del verdadero
sentido de la sexualidad humana y del papel de la paternidad en nuestros días
Es oportuno traer a colación las palabras de Jean Guitton al plantear una paradoja actual. El académico francés, en su obra Silencio sobre lo esencial, expresa: "Me extraño del silencio sobre Dios... Y este silencio se encuentra incluso entre los cristianos". Reflexiones en torno a las cuales plantearemos otro no menos importante y significativo silencio. El silencio sobre la auténtica sexualidad humana... Se habla mucho de sexo, pero se silencia su verdadero significado. Existe mucha información y muy escasa formación al respecto.

Éste es el gran tema de la Antropología Moral que estamos viviendo confusamente en nuestros días. Parafraseando a monseñor Livio Melina en su obra sobre el amor conyugal, editada por la Universidad Católica de Chile, estamos frente al gran desafío de la revolución sexual iniciada a mediados de los años 60, donde, "en primer lugar, se produjo la ruptura del vínculo tradicional entre sexualidad y matrimonio, con la consiguiente reivindicación de una sexualidad libre de lazos institucionales o siquiera estables; para, en segundo término, producirse la ruptura del vínculo entre sexualidad y procreación, como condición de una sexualidad totalmente desligada de responsabilidad. Se reivindicó el derecho a la anticoncepción y el derecho a una procreación sin sexualidad, a través de los diferentes procedimientos de reproducción artificial". Del sexo sin niños, a los niños sin sexo.

Ante esta realidad sociológica que ha supuesto la secularización del orden social, sus instituciones y las distintas dimensiones propiamente humanas, uno se pregunta: ¿es el ser humano realmente más feliz? La sexualidad oscurecida en su amplitud trascendente a nivel espiritual y psicosomática, meramente reducida al plano biológico-genital, ¿es más plena y gratificante?

La vida misma en su proceso existencial, diferenciada en su propia naturaleza heterosexual, cuya manifestación y complementariedad se justiprecia por simple sentido común observando el orden natural con sus leyes insoslayables, es cuestionada en su identidad al ser desnaturalizada y traicionada en su esencia sexuada. ¿Qué defensa de la sexualidad humana, en su auténtica dimensión espiritual, psicológica y somática, realizan los distintos agentes educativos, meros ejecutores de una política educativa no sólo institucional, sino ambiental y social? ¿Cuántos carteles, vídeos, programas de televisión y de radio, organizados por el propio Ministerio de Sanidad, promoviendo el uso del preservativo e incitando a los adolescentes a una banalización del sexo? ¿Es que a determinados políticos cristianos la moral católica, expresada reiteradamente por la autoridad visible del Santo Padre Juan Pablo II, no les dice nada?

"Me extraño del silencio sobre Dios, incluso entre los cristianos".

¿Qué generaciones de mujeres y hombres se están gestando en los jóvenes de hoy? Como recordaba un titular de prensa madrileño aludiendo al papel de los adultos en las figuras de padres-profesores como responsables directos de la situación actual de los jóvenes españoles, nos encontramos ante un equipo en crisis. Todo lo cual viene a constatar la hipótesis real de que la verdadera crisis evolutiva de la pubertad-adolescencia-juventud no es tan grave si se compara con la auténtica hecatombe que provoca la crisis de los adultos cuando dejan de educar. Sí existe, y mucha, crisis de adultos, tanta que nos hemos vuelto irresponsables ante nuestra obligación de educar ejemplarmente a nuestros hijos.

Hemos renunciado muchas veces a hablar de Dios y a vivir con Dios en nuestras vidas de familia... Hemos abdicado de nuestra autoridad porque dudamos de nuestra dignidad de padres, y hemos callado, por pudor o por costumbres diferentes, nuestra voz como primeros educadores de nuestros hijos..., inclusive en temas de sexualidad, ya que pareciera que nos hemos dejado avasallar y acomplejar ante la impotencia de ver vulnerados nuestros principios. Y ante nuestra omisión, se ha provocado un gran vacío..., y la confusión ha sembrado la anarquía que otros han aprovechado para su ideología... Ideología muy simple por otra parte: "Sin Dios..., sólo existe el hombre, y esto no es recta antropología, sino puro antropocentrismo inmanentista".

Con este reduccionismo ontológico caemos en pendiente y cuesta abajo en todo lo demás. Ya no es la dimensión espiritual la que marca la impronta esencial, ni tan siquiera el psiquismo vital, sino más bien la esfera sensitivo-vegetativa la que satisface el Estado de bienestar, que nutre como matriz cultural al nuevo homo eroticus.

Debemos recuperar la misión educadora de la familia, para recuperar así a la persona educada en un sentido integral. La naturaleza del amor humano debe ser conocida y difundida por aquellos que creemos en ella, porque así la vivimos en nuestras vidas. No todos deseamos vivir erotizados y prostituídos en nuestra dignidad humana, reflejo de una Sabiduría y Bondad infinita que no nos olvida..., a pesar de nuestro silencio e infidelidad.

Urge recuperar el sentido común para educar a nuestros hijos y para educarnos a nosotros mismos. Tenemos el derecho a ser padres, pero también el deber y la responsabilidad de ser buenos padres.

Podemos y debemos exigir a nuestros gobernantes que no traicionen nuestros principios educativos con políticas educativas y ambientales equivocadas, en cuanto tergiversan la ley natural de los sexos, aunque se presenten sublimadas en campañas sanitarias edulcoradas y muy poco ponderadas.

Como escribe excelentemente el profesor Oliveros F. Otero en una obra ya antigua, aunque por la verdad que expresa resulta siempre nueva: "Vivimos un tiempo histórico, en el que nuevamente la educación, para obtener su fin, ha de provocar antes una rebeldía. Una rebeldía contra los modernos disfraces del error y de la ignorancia: la ambigüedad, la incongruencia, la miseria ética, la instrumentalización utilitarista y política, los reduccionismos, los contravalores..."

Y así, no sentiremos la extrañeza del silencio sobre Dios..., incluso entre los cristianos..., porque "el Verbo habita entre nosotros" y todo sabrá a eternidad.

Patricia de Urcelay