RetrocesoA&ONº 276/11-X-2001SumarioDesde la feContinuar
Idea de hispanidad, según García Morente
España, sujeto activo de la Historia
En vísperas del 12 de octubre, reproducimos unas notas de don Manuel García Morente
sobre la Idea de hispanidad, recogidas en el Foro Arbil: Anotaciones de pensamiento y crítica
Considerad, señores, estos cuatro momentos capitales de la historia de España, en la que ha actuado siempre de la misma manera: aceptando estoicamente su destino, pero, al mismo tiempo, reaccionando sobre los hechos reales, para imprimir en ellos la forma de su propia esencia espiritual, afirmada por encima de cualesquiera vicisitudes. La aceptación estoica del destino histórico es, pues, el primer rasgo saliente de la actitud hispánica ante la vida. España ha sido siempre fiel a su destino histórico. Jamás ha eludido los problemas que la coyuntura de los hechos le planteaba.

Por cuatro veces en la historia universal ha sido España el centro y eje de los acontecimientos mundiales. La primera vez fue cuando Roma, la gran civilizadora de pueblos, transcendió los límites de la península itálica y puso las plantas en la ibérica. Los españoles imprimieron su sello peculiar en la orientación histórica y cultural de la vida romana, que se fue hispanizando, por decirlo así, al tiempo que España se latinizaba. España, en su primer encuentro con un elemento extraño, supo, pues, maravillosamente asimilar lo necesario, conservando y afirmando la peculiaridad de sus propias esencias populares. Pudo, por ejemplo, someterse sin resistencia al yugo romano; no lo hizo, sino que asumió con entereza ejemplar la empresa de hacerse respetar por el poderoso e ingresar sobre base de igualdad en el consenso jurídico de la cultura latina.

Pudo dejar pasar sobre sus lomos la avalancha musulmana; no lo hizo, sino que descubrió en la lucha contra el Islam la razón misma de su propio ser histórico. El segundo momento fue cuando el mundo árabe inunda España. Entonces un puñado de españoles, conscientes de su alta misión histórica, oponen a la ola musulmana una resistencia verdaderamente milagrosa. En las montañas de Asturias salvóse la cristiandad, y con ella la esencia de la cultura europea. Mas he aquí, entonces, a España, constreñida durante ocho siglos a montar la guardia en el baluarte de Europa, para permitir que el resto de los países europeos vague en paz y tranquilidad a sus menesteres interiores. España, a quien la Providencia confirió la misión de salvar la cultura cristiana europea, asume su destino con plenitud de valor y de humildad. Esa lucha de ocho siglos contra el peligro musulmán desenvuelve en el alma hispánica un modo de ser peculiar.

Pudo mantenerse quieta en la intimidad de sus fronteras, después de terminada la tarea de la Reconquista; no lo hizo, sino que aceptó impávida la misión, que el momento histórico le imponía, de mostrar al mundo —acaso prematuramente— lo que es y debe ser el Estado nacional moderno. Por último, en el momento presente, pudo —admitámoslo como mera posibilidad abstracta— recibir con pasiva mansedumbre la invasión comunista soviética y dejarse anular como nación; no lo hizo, sino que se irguió con todas sus energías, resolviendo en su provecho propio, y en paradigma ejemplar para el mundo, el problema histórico planteado por el comunismo internacional. En las cuatro ocasiones, pues, siempre España se ha resuelto sin vacilación a asumir estoica, heroicamente, la tarea que el destino histórico le planteaba.

Pero al mismo tiempo que fiel a su destino, España ha sido siempre también fiel a su propia esencia, a su ser espiritual. Aceptando los hechos, nunca ha permitido que los hechos se adueñasen de su alma, sino que, por el contrario, ha sido ella, la hispanidad, la que, revolviéndose, ha impreso sobre los hechos la huella indeleble de su esencia espiritual. La fidelidad al destino no impidió jamás a España el ser también fiel a sí misma y a su más íntima esencia. Dicho de otro modo: la historia de España nos ofrece a cada instante —y más claramente en sus más preclaros momentos— la imagen de un pueblo que no ha consentido nunca en ser mero objeto pasivo de los acontecimientos, sino que ha querido ser sujeto activo de ellos, un pueblo que nunca se ha dejado hacer por la Historia, sino que ha hecho él mismo la Historia, su historia —y muchas veces la ajena—. Habrá podido, en ciertos períodos de ideologías incongruentes con su propio espíritu —por ejemplo en los siglos XVIII y XIX—, apartarse del tráfago universal y recluirse desdeñosa en el aislamiento de sí misma. Pero aun esa misma ausencia no puede considerarse como pasividad; es tan sólo disconformidad, es decir, una nueva forma de afirmación propia. Y así, a todo lo largo de los siglos, podríamos muy bien contemplar la historia de España como un lento proceso de propia depuración, como un continuo ejercicio ascético encaminado a perfeccionar, en la actuación temporal, cierto ser colectivo, cierto modo de ser humano típico y peculiar, que llamaríamos la hispanidad. En consonancia con los caracteres fundamentales de lo orgánico, de lo viviente, cabría, pues, decir que si la historia de España engendra la hispanidad, no menos cierto es que a su vez la hispanidad engendra la historia de España; y que, si los hechos en el tiempo han ido creando esa esencia espiritual que llamamos España, también, en sentido inverso, cabe considerar la evolución de la Historia como producto concreto de esa esencia eterna que llamamos la hispanidad. La historia de España es, en suma, el ejemplo más puro que se conoce de ascetismo histórico, donde un pueblo entero hace lo que hace porque es quien es y para ser quien es.