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El séptimo arte no está haciendo gala de su raíz virtuosa, sobre todo si tenemos en cuenta lo que el diccionario define como tal: "Acto o facultad mediante los cuales, valiéndose de la materia, de la imagen, o del sonido, imita o expresa el hombre lo material o lo inmaterial
" Nos encontramos ante una peligrosa merma de creaciones cinematográficas que apelen a nuestra conciencia o a lo metafísico de una forma seria y concienciada, y que, recreando una historia merecedora de nuestro tiempo y atención, nos devuelvan algo de nosotros mismos.
Es casi un tópico que vivimos una profunda crisis de valores, pero ¿cuáles son las consecuencias de este desequilibrio moral? A menudo nos lamentamos de las barbaries provocadas por adolescentes ávidos de la violencia con que sus antihéroes les han regalado vista y oídos. Y, aunque siempre llegamos a la misma intolerable conclusión de que la culpa está muy lejos de alcanzarles, se siguen repitiendo las mismas crudas escenas y los mismos encarnizados y feroces guiones; los creativos siguen realizando trazos que dan como resultado personajes de rostros angulosos y cada vez más sanguinolentos, seres sombríos y resentidos, henchidos de los más oscuros sentimientos hacia todo aquello que les rodea y que parece molestarles. Pocos son los productores que hoy prefieren arriesgar la recaudación de sus creaciones en virtud de la realización de películas que dejen de lado la brutalidad o el crimen y ensalcen alguno de los muchos aspectos positivos de que podría hacer gala la Humanidad. Superproducciones como la inmortal Benhur, o Jesús de Nazaret, nos hacen recordar el misterio innegable que rodea al mundo. Exiguas son también las casas que invierten su talento en filmes como El Príncipe de Egipto o Joseph, el Rey de los sueños, narraciones que describen, de forma amena, las vidas de personajes bíblicos, cuyas experiencias bien se podrían aplicar, en esencia, a la vida moderna. Ante tal panorama nos preguntamos si es que éxito y moralidad están reñidos, o si la taquilla no se lleva bien con aquellas producciones que no hacen tiritar al espectador por lo encarnizado de sus imágenes. Y es que yo prefiero pensar que es éste el motivo principal del confinamiento que está sobrellevando este tipo de películas de matiz ético-moral y/o religioso. Joseph, el Rey de los sueños, se estrenará a finales de octubre en nuestro país, aunque, por desgracia, no en salas comerciales, sino directamente en vídeo y DVD. Teresa Zamora |