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El retablo de Sánchez Cotán, en la Cartuja de Granada, está pintado en la pared y parece tan real que refleja las sombras que provocaría la luz de las ventanas de la derecha.
En nuestra vida pasa igual: hay una correspondencia entre luces y sombras. Luces de mayor sensibilidad, de claridad de ideas, de expresividad de lo interior... Y todo ello lleva la contrapartida del choque tajante, no suave y delicado, del alcance de lo bello, de lo inefable. Esa sombra de incomprensión, de duda, de desconfianza, ha de provocar carcajada interior en el artista. El quiebro de la alegría producirá, como el surtidor de una fuente, un mayor impulso a lo divino. Cada vez el chorro de agua, palabra que mana del alma enamorada, llegará más alto. Este pensamiento ético-estético se sustenta en la realidad de la filiación divina: sólo al sabernos hijos de Dios por la Gracia, nos da esa capacidad de superación hasta las estrellas y es entonces cuando el poeta niño ve el rostro de Dios Padre que le dice de continuo: "Te quiero con tus luces y también con tus sombras. Imítame en querer a los demás con sus luces y con sus sombras". Marisa DíazPinés |