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Keith Connors es el director de los informativos de la WCNC, un canal de televisión local de Carolina del Norte que ha cosechado un quintal de nominaciones para los Emmy a los mejores programas de televisión, gracias a sus informativos de alto voltaje. En ellos hay un nivel de agresividad sin precedentes. El equipo asesor responsable de la programación del canal comenta que sólo el crimen debe tener su sitio en su medio de comunicación. Por tanto, historias ideales son las de asesinatos de chiquillos que no dejan una sola pista, disparos sin aparente motivación sobre perros callejeros, o crudos reportajes sobre clubes de striptease. Además, muchas de las noticias funcionan por episodios, con lo que se provoca un grado de expectación idóneo para mantener en ascuas a la audiencia. Algunos especialistas han levantado la voz de alarma, como Calvin Skaggs, de 64 años, que lleva produciendo servicios informativos toda su vida. "La salud de la prensa y de los medios audiovisuales comenta es directamente proporcional a la salud del país; si lo que se dice en la prensa está putrefacto, todo el país lo estará". Y es que las informaciones de alcantarilla que buscan la alteración emocional son inversamente proporcionales a un ejercicio de reflexión por parte del público receptor, que se queda sin saber las causas de lo que ocurre, y sólo permanece hechizado ante el televisor. La responsabilidad del profesional de la información radica en no ceder ante el chantaje de ofrecer lo banal sin la exigencia de completar la información con los dramas humanos que habitan en el fondo de cada noticia.
En el caso de los bombardeos norteamericanos en suelo afgano, lo cómodo es cargarnos a diario con el sensacionalismo de las respuestas quirúrgicas y así olvidarnos de los enclaves fronterizos del país, donde empiezan a consumirse miles de familias afganas desplazadas. Lo que vemos a diario en nuestras pantallas son fondos verdes indescifrables con lucecitas que van y vienen, que más se asemejan a un parque temático visto de lejos que a una confrontación bélica. Sin embargo, el drama de los refugiados parece que se ha sumido en un sospechoso silencio informativo. De ahí la necesidad de que los pocos reporteros que aún permanecen en territorio afgano, que se dan de bruces con el sufrimiento de los deportados, nos narren sus encuentros con esas familias hambrientas. El drama de los deportados no puede ser un artículo de complemento dentro de la operación Libertad sostenida, sino un frente de atención relevante. Un ejemplo similar lo tuvimos con la experiencia de la Guerra del Golfo, que ha supuesto un bloqueo económico mortífero. Mientras, la desnutrición infantil se ha convertido en ese convidado de piedra cotidiano de una sociedad civil que padece un castigo inhumano. El único que ha levantado la voz para denunciar esta opresión salvaje es Juan Pablo II, que no pierde ocasión para defender la vida humana allí donde se lesiona su dignidad. Hace falta hablar de los deportados, porque también en el frente de lucha contra el terrorismo, las víctimas son esas familias sin nombre que se han llevado a sus hijos de la mano hacia un destino más que incierto. Javier Alonso Sandoica |