RetrocesoA&ONº 276/11-X-2001SumarioDesde la feContinuar
Punto de Vista
Ni pobreza ni fe; odio y fanatismo
El brutal y trágico atentado sufrido por la ciudad de Nueva York se ha prestado a varias interpretaciones. Algunas certeras; otras no tanto, como aquella que sostiene, con burda simpleza, que el terrorismo procede de la miseria. Quien así se expresa, confunde la realidad y propala argumentos sesgados y manipuladores que impiden apreciar la verdadera raíz del problema. Si se aceptase semejante aserto, tendríamos que asumir que los actos terroristas tienen su causa en las enormes diferencias económicas, que las hay, entre el mundo rico y las regiones depauperadas del planeta; que el atentado del 11 de septiembre es una llamada de advertencia a los Estados que viven en la opulencia y disfrutan del progreso material a fin de que cambien el rumbo de sus economías y socorran al mundo subdesarrollado; y, por último, que la reacción de EE.UU. incurriría en prepotencia y abuso de superioridad y degeneraría en una matanza injustificada de seres inocentes. Con semejantes razonamientos, quiérase o no, se está incitando a los terroristas al chantaje: "Si Occidente no cambia, instalaremos en sus ciudades el terror". Horroriza imaginar los efectos devastadores que para la la familia humana puede ocasionar un estado permanente de alarma mundial y alerta prebélica por la amenaza de unos fanáticos. Si el mundo queda sometido a tal coacción, nos vamos todos al traste, ricos y pobres.

Cuando allá por los años cuarenta, en plena posguerra española y con el hambre campando a sus anchas, un individuo robaba gallinas en un corral, sí que podía afirmarse, sin temor al desatino, que el ladrón delinquía impulsado por el hambre. Pero si el delincuente, con absoluto desprecio de la vida humana, asesinaba a los dueños de la casa, prendía fuego al barrio y luego, él mismo, se pegaba un tiro en la sien, eso ya no lo justificaba el hambre, sino la demencia o el fanatismo criminal. Quienes han ideado y materializado el horrendo ataque a Nueva York, no son hambrientos, sino locos o canallas exaltados. Su obra no es un toque de atención, sino una atrocidad. Por tanto, que los nuevos maniqueos no traten de vendernos la figura de un Robin Hood en versión globalizada. Puede admitirse que el mundo no va por buen camino. El informe anual de la FAO denuncia que más de 800 millones de personas sufren desnutrición en el mundo. Las diferencias entre los seres humanos, especialmente las de tipo material: riqueza, cultura, progreso científico, se agrandan cada vez más. Asistimos a un panorama preocupante con una serie de problemas a escala mundial: pobreza, presiones demográficas y migratorias, deterioro medioambiental, crecientes conflictos interétnicos, extensión de epidemias, proliferación de armamento nuclear, que exigen una acción global eficaz y justa, especialmente por parte de quienes están en disposición de ayudar a los más débiles. Pero de ahí a legitimar, justificar o explicar la barbarie terrorista por la desigualdad económica y social del mundo, media un abismo.

No, el terrorismo no nace de la pobreza, sino del fanatismo y del odio. Está alimentado por extremismos religiosos, étnicos y nacionalistas. El mundo de hoy vive expuesto al peligro terrorista. Una de sus variantes es el fanatismo islámico, ojo, digo fanatismo islámico y no religión islámica. Sería un craso error equiparar musulmanes y terroristas. Quien es capaz de morir si con ello provoca el mal de otros semejantes, ni está movido por la fe religiosa, ni pretende la erradicación de la pobreza. Simplemente, le impulsa el odio y su objetivo es causar el mal. Los verdugos y suicidas de Hizbolá, Yihad Islámica o Hamas son asesinos antes que musulmanes. Constituyen una minoría radical de exaltados e iluminados, indignos del Islam, que sustentan una concepción manipuladora del Corán con propósitos criminales. El Presidente Bush lo dijo de forma rotunda: "Ninguna religión debe ser considerada la autora del desastre. Sin duda, que el conflicto mundial de hoy no es entre civilizaciones, ni entre religiones, sino entre criminales e inocentes".

Nunca la fe puede servir como arma. La yihad o guerra santa, esa nueva amenaza mundial capaz de infligir daño a la Humanidad, no es más que una forma de aniquilamiento del que no comulga con las ideas propias. Las religiones han de ser factores de diálogo, tolerancia, respeto, convivencia pacífica y comprensión entre los pueblos y nunca excusas para el enfrentamiento, la división y el odio; jamás han de manejarse como instrumento de guerra. Por eso, seamos capaces de aprehender la realidad tal como es. No perdamos de vista la amenaza que nos acecha. Sí, por supuesto, es necesaria la ayuda de Occidente para forjar un mundo más solidario y humano, que aprenda a compartir y que se mueva por un motor más ético y espiritual que económico y material. Sí, por supuesto, es preciso fortalecer las relaciones con el mundo árabe moderado y democrático y colaborar en su modernización. En ambos quehaceres, la Iglesia católica puede desempeñar una tarea decisiva y valiosa a través de su misión evangelizadora. Pero no ignoremos el peligro terrorista, en cualquiera de sus formas, que, a buen seguro, seguirá existiendo. Ya lo dice nuestro Papa Juan Pablo II: "Es precisa una lucha conjunta contra los tradicionales enemigos de la Humanidad: la pobreza, las enfermedades y la violencia".

Raúl Mayoral Benito