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El evangelio de este domingo relata la curación de diez leprosos. Es uno de los muchos relatos de curaciones que contienen los evangelios. Para alguna mente despejada e ilustrada, seguir leyendo estos relatos en la Misa dominical supone cuanto menos una tomadura de pelo; indica, además, que la fe católica está anclada en el pasado infantil de la Humanidad. Hoy estamos en otras cosas: los viejos racionalistas siguen negando la existencia de cualquier divinidad; otros se limitan a marcar incompatibilidades entre la ciencia y la religión, de modo que, en su opinión, los científicos se han convertido en los místicos de nuestro tiempo.
¿Qué nos dicen, pues, pasajes evangélicos como el de este domingo, si están tan alejados de nuestra cotidiana experiencia, que no gusta ya de milagros? Ante todo hemos de pensar que los relatos de milagro, tal y como están contados en los evangelios, son una parte de la predicación cristiana; es decir, los evangelistas tratan con ellos de fortalecer la fe de los cristianos y exhortarlos a una vida piadosa. Expresan al mismo tiempo su fe en que Jesús es el Hijo de Dios y el Salvador de los hombres. Esto no quiere decir que, como pretenden algunos exegetas, Jesús no hiciera milagros y que los relatos evangélicos sean una pura invención de los evangelistas. No. Pero para ellos el gran milagro es la persona misma de Jesús, su manifestación a los hombres, su resurrección. De esta luz viven las comunidades cristianas. Y así todos los actos de la vida de Jesús se iluminan y cobran un nuevo sentido: son obras del Hijo de Dios, en las que resplandece su gloria, y han sido contadas una y mil veces antes de ser puestas por escrito en los evangelios, con el fin de relatar uno u otro aspecto del misterio de Jesús. Se explica de este modo que un mismo milagro venga contado en dos o tres evangelios con detalles diferentes, con una orquestación distinta. Así se explica también el que sólo un minucioso estudio, que pocos ilustrados están capacitados para hacer, sea posible discernir lo que en un relato de milagro evangélico se remonta a un recuerdo auténtico, y lo que es fruto de la catequesis cristiana. Pero no corran cuidado: después de casi tres siglos de continuos ataques a la historicidad de los milagros evangélicos, siguen ahí, y puede decirse que han salido fortalecidos de la prueba. En el relato de milagro de nuestro pasaje de este domingo, el evangelista se interesa más por subrayar el agradecimiento del que volvió que el milagro mismo. Él está predicando a cristianos: ¿no somos todos nosotros, y de una lepra más honda, enfermos curados por Jesús? ¿Agradecemos nosotros? + Braulio Rodríguez Plaza |