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Éste podría ser un anuncio puesto por el Papa en la sección correspondiente de los diarios dominicales para buscar obispos para diócesis vacantes. El Sínodo de los Obispos, que comenzó el pasado 30 de septiembre en Roma y que concluirá el próximo 27 de octubre, está trazando precisamente el perfil del obispo del tercer milenio. El cardenal arzobispo de Nueva York, Edward Michael Egan, lo hizo magistralmente en la relación que sirvió de base para la cascada de unas treinta intervenciones al día, que han tenido lugar en estas primeras jornadas. MAESTRO DE LA FE
Dirigiéndose a los casi 300 participantes (55 cardenales, 7 patriarcas, 70 arzobispos, 106 obispos, 10 sacerdotes, 5 auditores y 15 colaboradores), el cardenal estadounidense reconoció que, ante todo, el obispo debe ser maestro de la fe. "Cada sucesor de los Apóstoles tiene que asociar a sí a tantos predicadores, evangelizadores, educadores y catequistas como le sea posible dijo. Sus consejos, en este sentido, son especialmente necesarios para los maestros de religión en escuelas católicas primarias y secundarias; para los catequistas que trabajan con los convertidos y en los programas diocesanos y parroquiales para niños, jóvenes y adultos; así como también para los profesores de Teología en el nivel universitario". "Es imprescindible añadió, que no descuidemos otro importante aliado en nuestro anuncio del Evangelio, es decir, los padres de familia. Ellos son los primeros educadores en la fe. Un obispo debería, por eso mismo, aprovechar cada oportunidad para asistir a los padres, particularmente en el nivel parroquial, para profundizar la fe y transmitirla con entusiasmo". |
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SANTO Y SANTIFICADOR
El segundo rasgo del obispo descrito por el cardenal Egan es la santidad: santidad no sólo personal, sino también la capacidad para santificar a los cristianos que tiene confiados. Insistió en la importancia "de asegurar que las liturgias en nuestras iglesias y capillas se desarrollen en sintonía con las normas y prácticas de la Iglesia y sean llevadas a cabo según el espíritu de una verdadera devoción". PROFETA DE LA JUSTICIA
Por último, afrontó la tercera función episcopal: el gobierno. Subrayó los nuevos desafíos que hoy plantea la globalización, que, según el cardenal neoyorquino, puede "ser para el obispo una oportunidad de evangelizar, proclamando el mensaje de justicia y de compasión del Evangelio". En este sentido, consideró que los obispos de hoy deben ser profetas de la globalización de la solidaridad, "una globalización que responda a las necesidades de todo el pueblo ricos y pobres igualmente con dignidad, generosidad y nobleza". En particular, insistió en que los movimientos de masas de hombres, mujeres y niños huyendo de las guerras, conflictos civiles, miseria y enfermedades, constituyen un llamamiento para el obispo del mismo Dios, que "está a menudo escondido detrás de la figura del extranjero" y "pide ser alimentado, vestido y acogido". Pero la globalización plantea otro desafío candente: la defensa de la vida, en especial la vida más débil. "Nosotros hablamos y combatimos contra el aborto, la eutanasia y la pena capital anunció y renovamos nuestra determinación de defender la vida en cada una de sus fases como una bendición de Dios". El último desafío que mencionó el cardenal Egan, al hablar del gobierno de los obispos, fue el diálogo con los creyentes de otras religiones, que "se ha transformado en un factor clave en la vida actual de la Iglesia". |
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¿SUPERMAN?
Ahora bien, al leerse este perfil del obispo, a más de un prelado le puede surgir un sentimiento de impotencia. Parecería que la Iglesia y el mundo no buscan hoy a hombres de carne y hueso, sino más bien a superman. ¿Quién puede tener todas esas virtudes? La intervención más aplaudida, en los primeros días de sesiones, fue la del cardenal arzobispo de Colonia, Joachim Meisner, quien analizó las causas que han llevado a una pérdida de autoridad por parte de los obispos. "La crisis de fe en la Iglesia denunció es la expresión de una crisis mayor, que es la de la cultura; pero también es consecuencia de una forma de auto-secularización, de la que también son responsables los órganos de la Iglesia, como por ejemplo quienes ejercitan el ministerio episcopal. No pocos obispos, de hecho, subestiman la gravedad de la situación, otros interpretan las tendencias de separación en la fe como tensiones fecundas que podrían llegar en el futuro a una nueva síntesis, y reconocen su ministerio como un oficio de moderación entre las diversas posiciones opuestas". "Esta forma de entender el ministerio episcopal añadió está tan difundida que el episcopado sufre no sólo por la pérdida de autoridad que proviene del exterior, sino que involuntariamente favorece también la renuncia a la autoridad que proviene del interior. El ministerio pastoral del obispo, por consiguiente, es minimizado, reducido al cuidado humano de los fieles, a la amable comprensión y al reconocimiento de los carismas presentes en los fieles laicos. De esta manera se subestima la esencia de tal ministerio, que implica un claro e inequívoco deber de gobierno e incluso el elemento de jurisdicción". "De este análisis propuso deriva la urgencia de un testimonio fuerte y autorizado por parte de los pastores. El obispo no es un devoto creyente privado, sino un testigo público. Debe afrontar los problemas presentes en el mundo eclesial, no solamente para salvarse a sí mismo, sino también para defender la fe, para corregir los errores y para profundizar en la verdad. No puede prescindir de la situación efectiva de la fe en la sociedad, sino que debe ofrecer testimonio de la fe considerando también los peligros y los daños". |
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FORMACIÓN CONTINUA
Ser obispo se ha convertido en una tarea dificilísima, y no hay escuelas donde se puede aprender a ser obispo. Por este motivo, varios padres sinodales están insistiendo en la necesidad de ofrecer formación también a los prelados. El primero en mencionar este tema fue el Secretario General del Sínodo, el cardenal Jan P. Schotte, quien agradeció la celebración del primer encuentro de la Historia de jóvenes obispos que organizó, con este objetivo, la Congregación vaticana para los Obispos, entre junio y julio. Monseñor Carlos Aguiar Retes, obispo de Texcoco (México), reconoció ante la Asamblea: "Con humildad debemos aceptar que los obispos tenemos necesidad de una formación permanente para reavivar el don de Dios que nos fue conferido en la ordenación episcopal". El cardenal Johannes Adrianus Simonis, arzobispo de Utrecht y Presidente de la Conferencia Episcopal de los Países Bajos, confesó: "Cuando hace treinta años me nombraron obispo, era joven e inexperto. Al volver a pensar en aquellos tiempos, me doy cuenta de la importancia de la formación, pero también constato lo difícil que es encontrar un puesto para ella en una agenda que ya de por sí está llena". Por este motivo, consideró que "sería deseable dar un estímulo exterior que, por ejemplo, indique líneas de orientación para integrar la formación permanente en nuestra vida de obispos". Y concluyó ofreciendo cuatro temas en los que hoy día debe seguir formándose el obispo después de haber recibido su ordenación: - El desarrollo de una espiritualidad de atención y de capacidad para maravillarse. El obispo debe estar abierto a los signos de esperanza en el mundo. El Espíritu de Dios actúa incluso a través de las personas que están en búsqueda. - La adquisición de las capacidades necesarias para ser testigos en estos tiempos. El obispo debe estar bien al tanto del desarrollo de la sociedad. Debe aprender también a encontrar las palabras justas y utilizar el tono adecuado, basándose en una fe auténtica. De este modo, el obispo logra una gran estima cuando interviene en la vida pública. - Debe estar al día con el desarrollo de las ciencias teológicas. Éstas evolucionan de una manera tal que sería irresponsable no estar al día. - Aprender a colaborar. La colaboración con sus sacerdotes y diáconos, y ciertamente con los fieles laicos, hombres y mujeres, es un enriquecimiento para el obispo y, al mismo tiempo, es un proceso continuo de aprendizaje. |