RetrocesoA&ONº 276/11-X-2001SumarioEn portadaContinuar
Emotiva evocación del cardenal Edward Egan, arzobispo de Nueva York
¡Cuánta santidad entre los escombros
de las Torres gemelas!
El Sínodo de los Obispos comenzó el pasado 1 de octubre con un sonoro aplauso al cardenal Edward Michael Egan, quien, como explicó el cardenal Giovanni Battista Re, uno de los presidentes de la Asamblea, acudió a las Torres gemelas para administrar los sacramentos pocos minutos después de que tuviera lugar el primer ataque kamikaze.

Poco después, el purpurado estadounidense, Relator General en este Sínodo, contagió emoción en una rueda de prensa a los periodistas con la evocación de aquellos dramáticos momentos:

"Yo me encontraba en el que llamaban ground zero (planta baja), donde ya habían caído los dos edificios. Llevaba una máscara antigás, y la apretaba para que no entrara nada. Veía a los bomberos y a los voluntarios excavar y sudar. Para nosotros fue una gran experiencia de vida. Todos estábamos cubiertos de un polvo gris blanquecino. Se veía cómo venía la gente sangrando. Vosotros conocéis Nueva York, ciudad sofisticada y secularizada. No era así. Nos abrazamos todos juntos y me puse a dirigir las oraciones. Entre aquellos escombros pude ver una gran santidad de laicos".

El cardenal Egan, de 69 años, antiguo juez de la Rota Romana en Roma, fue nombrado arzobispo de la metrópoli estadounidense por Juan Pablo II el 11 de mayo de 2000, y creado cardenal en el pasado Consistorio de febrero.

Éstas fueron las respuestas del cardenal a nuestras preguntas.

¿Cómo conciliar la necesidad de justicia del pueblo estadounidense con el llamamiento a la no violencia, lanzado por Juan Pablo II?

Queremos que se haga justicia, a condición de que se identifique a quien haya sido el responsable —grupo o individuo— y que sea conducido ante la Justicia. Pero no queremos hacernos cómplices de toda una serie de injusticias que no podremos justificar. Nosotros no sabemos todavía quiénes son los responsables de estos atentados. Sería una gran injusticia perseguir a otro. Cualquier persona que tenga sentido de justicia, no sólo el Santo Padre, diría que tenemos que descubrir a los responsables. El castigo debe evaluarse en virtud de la justicia y, si es posible, a través de las Naciones Unidas.

¿Comparten los estadounidenses estas convicciones?

Buscamos justicia haciendo justicia. Palabras como venganza y represalia no son palabras de un pueblo civil, y ciertamente no son las palabras de un pueblo que invoca a Jesucristo como Señor y Salvador. Espero que hagamos lo justo de manera justa. Es lo que ha dicho el Papa, y lo estoy diciendo en casi todos los discursos en las últimas semanas.

¿No cree que ha llegado la hora de pensar que esta explosión de odio es el resultado del papel desempeñado por Estados Unidos en ciertas partes del mundo?

La respuesta es que tienen que tenerlo en cuenta. Sin duda, tenemos que examinar nuestras conciencias, algo necesario para tender hacia la santidad. Cada uno debe preguntarse en qué se ha equivocado, aunque no se encuentre ante una tragedia. ¿Cómo nos situamos ante lo sucedido? La explicación no hay que encontrarla en el hecho de que Estados Unidos haya cometido errores, pero en parte podría ser así.