|
|
CARDENAL ANTONIO MARÍA ROUCO VARELA, ARZOBISPO DE MADRID:
La verdadera reforma de la Iglesia y la reforma verdaderamente católica del episcopado han ido siempre juntas en la historia de la Iglesia. También en nuestra época, la del Vaticano II. Incluso con una insistencia especial. Uno de los centros de gravedad más importantes de las enseñanzas conciliares fue la Teología del episcopado y la renovación canónica y pastoral de la figura y ministerio del obispo en la Iglesia; a través de la doctrina de la colegialidad episcopal, pero también, y con vivo sentido de la cualidad histórica, trayendo a la luz el principio de la sacramentalidad del origen, fundamento y contenido del oficio episcopal. |
| Treinta y seis años después, los frutos del desarrollo teórico y práctico de la colegialidad en el orden de las realidades estructurales han sido muchos. Hay que preguntarse si ha ocurrido lo mismo con el principio de la sacramentalidad en el orden de las realidades vivas: del crecimiento en la santidad de todos los miembros de la Iglesia, de su mayor vigor y entrega apostólica y misionera, y en la evangelización y santificación de las realidades temporales. Responder a esta cuestión es el reto principal del presente Sínodo. Su respuesta no puede dejar de tener en cuenta un dato esencial: la extendida crisis de fe en los viejos países de tradición cristiana; que no se detiene ante las puertas de las comunidades cristianas, y que se globaliza también.
La respuesta habrá de pasar por el servicio del obispo al Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo para la esperanza del mundo, anunciándolo, enseñándolo y mostrándolo como su testigo auténtico a todos: sacerdotes, consagrados, laicos, teólogos y a la opinión pública. Este servicio se le hará posible al obispo si cultiva el amor personal a Jesucristo, apoyado en la oración de toda la Iglesia, especialmente de las contemplativas, como santa Teresa de Jesús y sus dos hijas: santa Teresa del Niño Jesús y santa Teresa Benedicta de la Cruz Edith Stein. "El cristiano del futuro será místico..., o no será cristiano" (Karl Rahner). CARDENAL RICARDO MARÍA CARLES GORDÓ, ARZOBISPO DE BARCELONA:
"Avanza una cultura dice el Instrumentum laboris inmanentista, no abierta a lo sobrenatural; también entre los cristianos hay una creciente indiferencia con respecto al futuro escatológico y sobrenatural de la vida". Una cultura inmanentista margina cualquier esperanza auténtica. Y, si hay indiferencia en los cristianos con respecto a un futuro escatológico, el objeto de la fe no es esperado ni deseado, con lo cual, la carencia de esperanza hace que la fe quede muy tocada y aun muerta, por la carencia de contenidos valorados por el creyente. Ello me hace pensar muchas veces que los fieles llamados así porque son portadores de fe habían de ser llamados también esperanzados, porque han de ser también portadores de la esperanza, deseando y añorando de verdad lo que es objeto de su fe: la visión de Dios. Por eso, me parece oportuno que el Instrumentum Laboris haya tenido la esperanza como hilo conductor de su pensamiento. |
| Importa, y mucho, que en la predicación y en todo contacto con el pueblo de Dios, le ayudemos a pasar, de la sola espera del inmediato mañana, al deseo de alcanzar el futuro escatológico; una espera que no sea solamente un mero consuelo de la pérdida de esta vida que es la Única que no querrían perder nunca por la muerte, aunque en realidad no es pérdida sino transformación, sino que conduzca a la espera del fin para el que hemos sido creados: la contemplación de Dios, más allá de la muerte; espera mantenida aquí como deseo o añoranza de la unión definitiva con Dios.
No podemos olvidar que la disminución de la esperanza en Alguien o en algo disminuye también el amor. Me atrevo a decir que la esperanza es el firme apoyo de la fe en tiempos de creciente increencia o indiferencia ante la fe. Y también móvil eficaz de la caridad. "Capacidad de soñar el futuro, dejar huellas duraderas". Ninguna persona humana, y menos un cristiano, puede resignarse a vivir pasivamente o a sufrir la historia que le envuelve, sino que debe sentirse responsable y llamado a mejorar la cultura en la que vive. Es decir, ha de trabajar por elevar el nivel de los valores, actitudes, motivaciones, líneas políticas, de la cultura de su país. A todo ello le ha de mover una fuerte esperanza. Para ella hemos de presentar al pueblo de Dios, en lo que se refiere a su comportamiento, no solamente qué pecados ha de evitar. Es decir, cómo ha de defenderse del mal, sino, sobre todo, cómo ha de realizar el bien. Pues frecuentemente los cató1icos tienen más claro lo que no deben hacer tienen sentido del pecado, aunque no todos ni en todos los ámbitos, pero no tienen tan claro qué se espera que hagan. Y aquí entra lo que necesita de ellos la sociedad, la llamada a la santidad personal, lo que espera Dios de su vida. En este sentido, cabe tener presente que los que se recuerdan con el paso del tiempo y dejan una huella para el futuro son los santos. Son ellos los que siguen influyendo en la actuación de las personas de hoy y en la formación de sus conciencias. "Sin la esperanza, toda la acción pastoral del obispo sería estéril". Termino confesando que, cuando tan frecuentemente en la oración contemplo con mirada de fe la realidad diocesana, nada fácil para el arraigo del Evangelio, pido al Señor que no aplique a los posibles resultados pastorales la medida de mi fe y mi respuesta a la misma. Consuela saber que el resultado depende más de Dios y de su designio salvífico que de mí, y, por eso, no se puede por menos que mantener la esperanza frente a todo. Me estoy refiriendo a las palabras de Jesús tan repetidas como: "¿Crees que puedo hacerlo?"; "Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?"; y, sobre todo, aquella frase de Jesús: "Que se haga tal como has creído". En fin, pido al Señor, que en la evangelización y santificación del pueblo Él vaya mucho más allá de lo que yo en el hondo del alma veo como posible, aunque no me considero pesimista. Que no me diga el Señor: "Que se haga tal como has creído", porque muchas veces no saldría favorecido su pueblo. Por eso, agradezco al Santo Padre y a cuantos con él han colaborado, su insistencia en que los obispos seamos "servidores del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo". |
| MONSEÑOR ELÍAS YANES ÁLVAREZ, ARZOBISPO DE ZARAGOZA:
Una de las tareas primordiales de los obispos es la de promover la santidad de los laicos y su actividad apostólica. "El apostolado de los laicos dice la Constitución Lumen gentium del Vaticano II es una participación en la misión salvadora de la misma Iglesia. (...) Hay que abrirles el camino para que, en todas partes, también ellos participen activamente en la misión salvífica de la Iglesia". Además del apostolado individual al servicio de todos, que es insustituible, tienen especial importancia las formas asociativas, no sólo por razones antropológicas y sociales, sino por razones eclesiológicas. El apostolado asociado dice también el Vaticano II es "signo de la comunión y de la unidad de la Iglesia". Entre sus distintas formas, han ocupado un lugar especial en el aprecio de la Iglesia las asociaciones y movimientos de la Acción Católica. Esta forma de apostolado asociado, con las cuatro notas descritas por el Concilio (Apostolicam actuositatem, 20) sigue siendo necesaria, aunque tenga otras denominaciones. Pablo VI dijo de ella que "pertenece ya al diseño constitucional de la Iglesia". Juan Pablo II la menciona en la exhortación Christifideles laici. Está llamada a expresar en su vida el ser y la vida de la Iglesia, como misterio, comunión y misión. Ha de hacer presente a la Iglesia en ambientes alejados del Evangelio. Es, sin duda, un don del Espíritu Santo al pueblo de Dios que los obispos debemos cultivar. |