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OBISPOS VALIENTES
No podemos olvidar que el episcopado pertenece a una estructura esencialmente jerárquica: cada sede ha recibido su misión respecto a la comunidad de fieles a través de una cadena que lleva a Jesucristo y el mandato a los apóstoles: Id y enseñad. Ahí está a mi juicio la clave. Colegialmente, los obispos son continuación del Colegio de los apóstoles, testigos de la Verdad. De ahí la importancia que tiene la perfecta comunión entre ellos y su cabeza, el Papa, que es verdaderamente Pedro y en quien se encuentra la inmediatez apostólica. En esta hora del mundo tienen una enseñanza radical que transmitir: ya que sólo la Verdad puede permitir ejercicio de libertad. Pero en esa Verdad descubrimos ante todo que Dios es Amor. Tal es la doctrina que debe transmitirse, válida para todos los seres humanos y no únicamente para aquellos que poseen la fe en Cristo. Llevamos siglo y medio predicando que el odio, en sus diversas manifestaciones, lucha de clases, nacionalismo o fundamentalismo, es el motor de la Historia. Los obispos pueden y deben decir que no: el amor es el secreto de la existencia, y sin él los seres humanos nos tornamos incomprensibles. Si el mundo no realiza, ya, un movimiento fuerte de conversión hacia ese punto clave, se verá envuelto en dificultades y dolores que harán nimio lo hasta ahora padecido. A los obispos incumbe, con valor, decisión y serenidad, enviar ese mensaje sustancial: el verdadero motor de la Historia es el amor, incluyendo comprensión, respeto y todo lo demás. Deben hacerlo. Luis Suárez Fernández |
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PULSO DE GOBERNANTE Y CORAZÓN DE PADRE
Quizá el hombre de hoy crea cada vez más en Dios, pero Cristo parece estar desapareciendo del horizonte de nuestra existencia. De esta manera, la experiencia de fe, que es esencialmente praxis, vida, se transforma casi insensiblemente en pura ideología. De ahí la progresiva pérdida de conciencia, por parte de los católicos, de pertenecer a la Iglesia, una de las manifestaciones más importantes de la fe en la divinidad de Cristo, convicción que implica toda nuestra persona, con la plenitud de todas las fuerzas y energías espirituales, intelectuales, afectivas y psicológicas. Quizá sea hoy más necesario que nunca creer, cada vez con más fuerza, en lo que significa la más íntima esencia de la Iglesia: una comunidad de creyentes sacerdotes y laicos, diversísima desde el punto de vista humano, cuyo denominador común es compartir una misma fe, unidos, cada vez más, en torno a la persona del Romano Pontífice sea quien sea y del propio obispo. La Iglesia debe mostrar al mundo una especie de espectáculo ante el cual no se haga necesario el juicio de la fe, ni siquiera el de la inteligencia, para constatar el carácter extraordinario de un hecho, frente al cual surge espontáneo el sentimiento de estupor. Sin esta capacidad de estupor resulta difícil ser conscientes de estar implicados en el misterio de la Salvación, visible en esa comunidad de fieles congregados en torno a su obispo que es la Iglesia particular. |
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El vínculo que une a los fieles con el obispo no es sólo de naturaleza humana y social, como el que puede existir con cualquier personalidad del mundo de la política o de la cultura, por muy eminente que sea. Se trata de algo mucho más profundo, porque esa relación, naciendo de la comunión eclesial, implica y determina, de una manera tan misteriosa como real, nuestra salvación y nuestro destino eterno. Al obispo le es conferida la plenitud del ministerio sacerdotal para la salvación de aquellos miembros del pueblo de Dios que constituyen su Iglesia particular, de tal modo que ningún católico puede prescindir, en su vida espiritual y eclesial, de ese vínculo objetivo que le une a su obispo, aquel que el mismo Cristo, a través de su Iglesia, le ha dado para guiarle en el camino de su vida.
De ahí que la unidad constituya el valor supremo de la Redención. La Iglesia, antes que institución u organización, es, en su esencia, movimiento, comunión; una comunidad de fieles que creen en Jesucristo y lo reconocen en la Iglesia. De esta forma, sólo si la experiencia de nuestra fe personal y común no se reduce a un fenómeno de puro conocimiento intelectual, sino que implica una unión existencial de nuestra persona a la persona de Cristo presente en la Iglesia; sólo si nuestra fe coincide con nuestra adhesión personal y comunitaria a la Iglesia de Cristo, tendremos la garantía de no desvirtuar el mensaje cristiano. El Concilio Vaticano II, recogiendo la imagen preferida de Cristo para describir al nuevo pueblo elegido, describe la Iglesia como "la casa de Dios en la que habita su familia". De ahí que, ya en los albores del siglo II, san Ignacio de Antioquía explicara a los cristianos de Tralla que "el obispo es imagen del Padre", es, en definitiva, quien hace presente ante los fieles la paternidad de Dios. Pienso que la unidad de cada fiel en la Iglesia con sus pastores, podría traducirse en una plegaria: que Dios les conceda en cada instante de su vida pulso de gobernante y corazón de padre. Dolores García Hervás |
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CON PODER DE OTRO MUNDO
Personalmente no soporto al obispo dictador, pero menos aún al obispo mutante o politizante, el cual sabe moverse mejor en las cortesanías mundanas que en el Reino de Cristo, por lo que se arriesga a terminar en la tiranía de Satanás; dicho de otro modo, no quiero un obispo mitad monje y mitad soldado, o mitad esto y mitad lo otro, funcionando según las circunstancias. ¿Entonces un obispo franciscano? Tampoco, a no ser que el obispo fuese Francisco de Asís mismo. Así pues, yo quisiera para obispo lo mismo que quiero para mí mismo como cristiano, y sin embargo no logro: una persona creyente (pues ante Dios no hay diferencias entre obispo o laico) capaz de vivir el espíritu de las Bienaventuranzas. Bienaventurado el obispo capaz de tocar a su grey con el báculo del Evangelio, pues allí se haría entonces presente eso del "tenían todo en común", y la Iglesia pasaría a ser una entidad significativa. Pero ¿cómo puedo pedir un obispo tal, si yo tan cristiano como él no me dejo seducir por eso que pido? ¿No terminaría yo arrojando piedras contra el adúltero o adúltera, juzgando al hijo pródigo desde la perspectiva del hijo mayor, apoltronándome en mi ordeno y mando? Dicen que el poder corrompe y el poder absoluto absolutamente, y estoy de acuerdo si ese poder no se comparte. Mas, si se comparte, el poder pasa a ser Reino de otro mundo. Gente cuya poderosidad es evangélica es gente que sirve para obispo, por aquello de que el poder sólo podría ser entregado con crédito y fiducialidad a quienes no lo desearan. Ante tal obispo, si eres decente, puedes sentirte mal tú, pero no culparle a él de tu propia apostasía. Carlos Díaz |