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Todavía recuerdo la impresión que me causaron las palabras que un amigo, prestigioso profesor de Historia de las ideas políticas, pronunció en el contexto de un seminario de profesores de la Universidad San Pablo-CEU, al señalar que la mayor amenaza a la libertad de conciencia provenía hoy de la libertad de expresión. No sé si la frase fue dicha con cierta intención provocadora; es posible que sí, pero lo cierto fue que éste resultó ser el efecto que provocó en mí, y posiblemente en los demás. Conociendo como conocía al autor de la frase, deseché rápidamente la posibilidad de que se tratase de un ataque totalitariamente burdo a lo mejor de nuestras libertades, entre otras cosas porque lo totalitario se define precisamente por ir, en su sentido más preciso, contra la libertad de conciencia, que era lo que él veía en peligro. ¿Qué quería expresar con una frase como ésa, aparentemente absurda y contradictoria? Que la frase tiene la apariencia de lo contradictorio parece evidente. ¿Acaso la libertad de expresión no es la consecuencia directa de la libertad de conciencia? ¿Cómo puede haber una libertad de conciencia si ésta no puede ser expresada libremente? ¿Cabe separar y aun contraponer ambas libertades? Parece que esto no es posible. Es más, son estas dos libertades los ejes sobre los que se asienta y gira nuestro entero sistema de libertades. Suprimamos una de las dos y habremos suprimido todas las demás. Si esto es así, ¿qué decir entonces? ¿Desecharemos sin más la mencionada frase por absurda, o quizá contiene una verdad más profunda que conviene considerar, es más, que resulta vital considerar? |
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Veamos. La conciencia es esa dimensión profunda del hombre donde se asienta su identidad personal y se sabe a sí mismo, percibiéndose como sujeto activo de su propia vida, posibilitándole vivirla en primera persona, como un verdadero yo ante las cosas. Entendida así la conciencia, podría decirse que lo más definitivo no es tanto que se reconozca una libertad a la conciencia como que la conciencia es el origen de la libertad. Sin conciencia no hay libertad. Sin conciencia habrá instintividad pero no libertad. Conciencia y libertad se implican radicalmente, y en cierto modo coinciden.
Si esto es así, sólo quien es consciente, quien se sabe a sí mismo con verdad, será realmente libre, poseerá una palabra verdadera, humana, que pronunciar, estará en condiciones de ejercer una libertad de expresión. Cuando la palabra, fruto de una conciencia en acto, se ve acallada o reprimida por el Poder, ya estamos en condiciones de juzgar que nos hallamos ante un terrible despotismo. Pero existiría algo todavía más terrible y perverso, a saber, que el Poder atacase, no la palabra por la que la conciencia se expresa, sino que a atacase a la conciencia misma que la palabra expresa. Es decir, que atacase a la misma intimidad del yo. No estaríamos entonces ante un despotismo, sino ante algo mucho más grave, ante un totalitarismo. Y ahora podríamos preguntarnos: ¿cabría que un totalitarismo de nuevo rostro atacase la conciencia sirviéndose de la libertad de expresión? No parece que esta posibilidad podamos desecharla sin más. Pero ¿cómo podría ser esto posible? Pues mediante la difusión masiva de una palabra sin conciencia, mediante la mentira, la difamación, la calumnia, la manipulación..., y ello a gran escala, a través de poderosísimos mass media. Y el primer paso de este ataque consistiría precisamente en decir que la conciencia es sólo opinión subjetiva sin nexo alguno con la realidad, que la conciencia no tiene que ver con la búsqueda de la verdad de uno mismo y del mundo, que son cosas distintas y que basta con que alguien sienta y piense algo, lo que sea, aun del modo más inconsciente, para que lo llamemos conciencia. E imaginemos que a este modo de pensar se le da la máxima libertad, es más, la casi exclusividad para que se propague de tal modo, por todos los rincones y medios, que ninguna palabra pueda ya ser reconocible como verdadera. Que se trate de una libertad de expresión favorecedora de un flujo incesante de información cuyo resultado sea un aturdimiento cada vez más generalizado, y donde la consecuencia última consista en un hombre cada vez más inconsciente de su propio yo y más manipulable por los grandes intereses e ideologías. Y sin embargo, cuanto más observa uno a su alrededor, más parece que esto pueda ser así. Si hoy, quizá más que nunca, lo que está en juego es el propio yo, la conciencia del hombre, nada más oportuno que este III Congreso de Católicos y vida pública sobre Los retos de la nueva sociedad de la información, a celebrar los días 26, 27 y 28 de octubre en la sede de la Fundación Universitaria San Pablo-CEU, como ocasión magnífica para una verdadera toma de conciencia de lo que hoy está en juego. Dios lo quiera. Elio Gallego |