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A. Ll. P.Juan Pablo II recibió, a finales del pasado mes de septiembre, a los obispos de Nicaragua. En el encuentro, el Papa pronunció un discurso en el que trató temas de candente actualidad para los obispos de este pequeño país centroamericano, que tanto está sufriendo en estos últimos años debido a la política impopular que ejerce el Gobierno, y el agrio sabor a corrupción que dejó en su momento el anterior Gobierno sandinista. Las elecciones del 4 de octubre no parecían tener un matiz claramente democrático, a juzgar por el vergonzoso pacto del Gobierno con el frente sandinista, y el ambiente político que se respira en el país es bastante desolador. "No se ve una lucecita, una vía de salida. Por eso yo lo llamo el país de la desesperanza", dice Waldo Fernández, Coordinador de proyectos en Centroamérica de Manos Unidas, que viaja con frecuencia a Nicaragua y sigue atentamente la evolución de los movimientos políticos. |
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"La misión propia de los laicos les dijo Juan Pablo II a los obispos de Nicaragua es la instauración del orden temporal, y actúan en él de una manera directa y concreta, guiados por la luz del Evangelio y por el pensamiento de la Iglesia, y movidos por el amor cristiano. Por ello, es necesario proporcionarles una formación religiosa adecuada, que les capacite para afrontar los numerosos retos de la sociedad actual. A ellos corresponde promover los valores humanos y cristianos que iluminen la realidad política, económica y cultural del país, con el fin de instaurar un orden social más justo y equitativo, según la doctrina social de la Iglesia. Al mismo tiempo, en coherencia con las normas éticas y morales, han de dar ejemplo de honradez y de transparencia en la gestión de sus actividades públicas, frente a la solapada y difundida lacra de la corrupción, que a veces alcanza las áreas del poder político y económico, además de otros ámbitos públicos y sociales".
La nueva evangelización también tuvo su protagonismo en el discurso del Papa a los obispos nicaraguenses, cuando afirmó que "la Iglesia se siente interpelada continuamente por el mandato de Jesús de anunciar el Evangelio a toda criatura, lo cual debe comprometer a las fuerzas vivas de cada Iglesia particular para que el anuncio llegue a todos los ámbitos de la vida humana. Para ello, el mensaje debe ser claro y preciso: el anuncio explícito y profético del Señor resucitado, realizado con la valentía apostólica, de suerte que la palabra de vida se convierta en una adhesión personal a Jesús, Salvador del hombre y del mundo. En efecto, urge recuperar y presentar una vez más el verdadero rostro de la fe cristiana, que no es simplemente un conjunto de proposiciones que se han de acoger y ratificar con la mente, sino un conocimiento de Cristo vivido personalmente, una memoria viva de sus mandamientos, una verdad que ha de hacerse vida. Esta labor, no exenta de dificultades continuó el Santo Padre, se desarrolla en medio de un pueblo de corazón noble, de espíritu abierto y acogedor de la Buena Nueva de las Bienaventuranzas. Es cierto que en Nicaragua se dejan sentir también los síntomas de un proceso de secularización en el que, para muchos, Dios ya no representa el origen y la meta, ni el sentido último de la vida. Pero, en el fondo, este pueblo, como sabéis muy bien, tiene un alma profundamente cristiana. Prueba de ello son las comunidades eclesiales vivas y operantes, donde tantas personas, familias y grupos, a pesar de la escasez de sacerdotes, se esfuerzan por vivir y dar testimonio de su fe". También tuvo Juan Pablo II unas palabras dedicadas a la que llamó Iglesia doméstica, la familia, que dijo "es un ámbito donde la persona nace, crece y se educa para la vida, y donde los padres, amando con ternura a sus hijos, los van preparando para unas sanas relaciones interpersonales, que encarnen los valores morales y humanos en medio de una sociedad tan marcada por el hedonismo y la indiferencia religiosa". |