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J. C. RomaAngustia. Éste fue el estado de ánimo que confesó Juan Pablo II, horas después de que comenzaran los ataques estadounidenses contra Afganistán. "Ante todo quiero compartir con vosotros y confiar al Señor la angustia y la preocupación que suscita en nosotros este delicado momento de la vida internacional", dijo el lunes pasado el Papa ante unos 20 mil peregrinos que celebraban la beatificación de Nikolaus Gross, mártir del nazismo, y de otros seis cristianos, en la plaza de San Pedro. En la mañana de ese mismo día, los casi 300 participantes en el Sínodo de los Obispos comenzaron la sesión elevando junto al Papa una sentida oración. Pronunció la plegaria en latín el cardenal Giovanni Battista Re, Presidente de turno de la Asamblea. "Ayer por la tarde tuvimos noticia de los graves hechos acaecidos en Afganistán. Pedimos al Señor que ilumine a los que rigen los pueblos para que encuentren el camino de la paz. Señor, ¡concédenos la paz!", pidió el Prefecto de la Congregación para los Obispos. Monseñor Justin Rigali, arzobispo de San Luis (Estados Unidos), pocas horas después de los ataques, en declaraciones a Radio Vaticano, pedía a su país que no derramara la sangre de vidas inocentes, pues de lo contrario la legítima defensa perdería su justificación ética. Y aquí surge la cuestión de eso que los moralistas llaman la guerra justa, que no es otra cosa que las condiciones que se requieren para que una acción militar pueda ser considerada como ética, dentro del derecho a la legítima defensa. |
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El Catecismo de la Iglesia católica (n. 2308) reconoce este derecho de la persona y los pueblos, pero pone condiciones muy claras:
- que la acción sea emprendida por una autoridad legítima; Si bien se pueden discutir horas sobre cada una de las condiciones enunciadas por el Catecismo al aplicarlas al caso actual, la última condición es la que más interrogantes despierta. El armamento moderno, como ya constataba Juan XXIII en la encíclica Pacem in terris (nn. 126-129), y en particular el peligro del uso de armas nucleares, químicas, etc., hacen "absurdo pensar que la guerra sea un medio apto para restaurar el derecho violado" (n. 127), decía el Pontífice. En definitiva, a la lista de los más de siete mil muertos de las Torres gemelas y de los centenares de víctimas de los ataques contra el Pentágono y el avión caído en Pennsylvania, habrá que añadir ahora la lista de los civiles inocentes que han muerto (y que posiblemente morirán) víctimas de la réplica contra Afganistán. Su número nunca lo sabremos, pues constituye la carta propagandista más fuerte tanto para los talibán como para el Pentágono. |