|
|
La pobreza evangélica exige que renunciemos a los títulos honoríficos (eminencia, excelencia...) Basta con que nos llamen padre..."Hablaba en el aula del Sínodo el obispo ecuatoriano monseñor Corral Mantilla. Un impresionante silencio, cargado de sincera atención, acogía sus palabras. El cardenal Presidente de turno, una vez que el obispo hubo concluido, dejándose llevar, sin duda, por la fuerza de la costumbre, le dijo sin la menor malicia ni ironía: "¡Gracias, excelencia...!" A lo que el obispo ecuatoriano, con una sonrisa desarmante, le replicó inmediatamente: "¡Gracias a usted, eminencia...! Buen humor aparte, no es fácil que el deseo sincero de humildad y la lógica falta de arrogancia se lleven este gato al agua. Son muchos siglos de deferencias burocráticas en el tratamiento, mucho hábito adquirido de confundir respeto y ringorrango, aunque en la inmensa mayoría de los casos -justo es reconocerlo- a los cardenales y a los obispos cada vez les va más la marcha de la sencillez y de la normalidad. En el Sínodo de los Obispos hay mucho más que interesantes exposiciones de ocho minutos, durante los que cada padre sinodal lee o dice lo que estuvo pensando y preparando, durante mucho tiempo, para decir allí; ni apasionados debates en los llamados circuli minores (reuniones por grupos linguísticos). También hay anécdotas humanísimas y simpatiquísimas, como la que abre estas líneas, sobre todo en los encuentros de pasillos; son cosas que, por lo general, no salen a los medios de comunicación, en la mayoría de los cuales al Sínodo mismo, por manifiesta injusticia, cuando no por malevolencia, o por evidente ignorancia, ni siquiera se le da la categoría de noticia que se le da, en cambio, a cualquier menudencia mucho más anodina e intrascendente. |
|
A estas alturas del Sínodo se han dicho en él cosas muy importantes: nuestro cardenal Rouco, que en el Sínodo anterior, dedicado a Europa, fue el Relator, ha vuelto a señalar su fundada preocupación por la alarmante y creciente secularización que, en el fondo, es un suicida dar la espalda a Dios, a la realidad suprema del espíritu, una peligrosa relativización de la vida y una falta de coherencia entre la fe que se dice profesar y la vida que se vive. El cardenal Ratzinger ha insistido en lo mismo: "La crisis de la Iglesia es efecto de la marginalización de Dios"; fue largamente aplaudido cuando señaló con toda claridad que la Iglesia habla demasiado de sí misma y poco de Cristo; que las disquisiciones eclesiásticas internas, eclesialmente hablando, importan poco y a la gente le traen sin cuidado; lo que los fieles quieren y lo que más les interesa de su obispo es que sea un hombre de Dios, un santo. Se ha dicho que no hay ni puede haber paz sin verdad; que la palabra que define al obispo del nuevo milenio es comunión; que la fuerza de la Iglesia está en la comunión y su debilidad en la división y en la contraposición; se ha dicho que la sacramentalidad del origen, fundamento, contenido del oficio episcopal es mucho más sustancial que la necesaria colegialidad que, por cierto, nada tiene que ver con la democracia. Se ha dicho que el obispo ha de ser, ante todo, un hombre de comunión, maestro de la verdad, padre y amigo de todos, en especial de los pobres; el cardenal Secretario de Estado ha dicho que la Curia Romana es "un mosaico episcopal"; el representante anglicano ha reconocido el primado del Papa, aunque es necesario ver cómo se aplica esta atribución; en el aula sinodal ha resonado el SOS del pueblo cristiano perseguido en Nigeria y en Sudán, la dramática ausencia de la Iglesia china; y se ha recordado que la clave de la enseñanza de la Iglesia no es un conjunto de valores, sino la Persona de Cristo, de la que brota y se deriva todo valor digno de tal nombre. Hay tiempo para rezar mucho; para hablar de fe y esperanza, y también del sida; asimismo para conocerse e intercambiar puntos de vista los 270 padres sinodales; tiempo para las bromas y para el buen humor; tiempo para pedir unos que se adelante la edad de jubilación de los obispos, y otros que se retrase. El Papa Juan Pablo II preside los momentos claves de la asamblea, y todos agradecen su presencia, su entrega y sus siempre lúcidas intervenciones. El identikit del obispo del tercer milenio, la radiografía del obispo del siglo XXI está siendo delineada con prudente firmeza y sinceridad estos días en Roma. No está siendo trazado, en cambio, por mucho que algunos se empeñen en sacarlo a titulares, el perfil del sucesor de Juan Pablo II. Se equivocan de película los del Sínodo paralelo. Y hasta de sala... Miguel Ángel Velasco |